Vallcarca, de barrio popular a escenario paradigmático del conflicto urbano

Ancor Mesa Méndez

Artículo publicado originalmente en Metrópoli Abierta

Corría el año 2002 y en el albur de la burbuja inmobiliaria, el precio del suelo de la ciudad de Barcelona crecía exponencialmente. A poco más de 200 metros de la plaça Lesseps y, por tanto, de la Travessera de Dalt, a otros tantos del Park Güell y a menos de un kilómetro de la Ronda de Dalt, en un enclave estratégico entre los distritos de Gràcia, Sarrà Sant-Gervasi y Horta-Guinardó, se ubica, o más bien se ubicaba el barrio popular de Vallcarca. Junto a la Avenida y la parada de metro que portan su nombre, el núcleo histórico del barrio estaba constituido por un grupo de casas de una, dos o tres alturas, con más de una treintena de comercios de proximidad, decenas de familias vecinas de toda la vida y una convivencia alegre y de confianza.

En plena vorágine especulativa, la generación de plusvalías con el suelo de Barcelona tomó un protagonismo en la planificación urbana de la ciudad que experimenta en Vallcarca uno de los escenarios más paradigmáticos de la historia reciente del urbanismo barcelonés. El Consistorio de Joan Clos decidió realizar una modificación del Plan General Metropolitano para elevar la edificabilidad de la zona que incrementó el precio del suelo del barrio de la noche a la mañana. Un buen porcentaje de las familias que habitaban las casas tradicionales del barrio estaban de alquiler y muchas propietarias, o bien no vivían allí, o se trataba de personas mayores. Este panorama provocó que el abordaje de las inmobiliarias al barrio estuviese servido en bandeja.

Así fue como entra en escena un viejo conocido en el mercado inmobiliario de la ciudad: Josep Lluís Núñez. Su empresa adquiere más del 80% de las viviendas de Vallcarca en un proceso tan veloz como traumático. Los inquilinos son reubicados en un edificio del Patronat de l’Habitatge que concentra en pisos lo que antes era un barrio, con sus paseos, sus plazas, comercios y espacios de ocio, ahora reconvertidos en escaleras, pasillos y ascensores. Inmediatamente, comienza la demolición de las casas del núcleo y las protestas de buena parte de los vecinos que aún quedan en los alrededores del barrio. Entre numerosos conflictos, las inmobiliarias consiguen derruir cerca del 90% del casco histórico. Hoy en día, Vallcarca es un páramo de solares vacíos, edificaciones deterioradas, desde luego sin comercios y ni tan siquiera un banco o un columpio, en pleno enclave urbano, escenificando perfectamente los efectos perversos de la voracidad que supone interpretar la ciudad como un tablero del Monopoly.

Una parte muy nutrida de los tradicionales vecinos fueron capaces de movilizarse desde un principio, creando ateneos en edificios abandonados, espacios de cultura popular y hasta un bar social donde ya solo quedaban los despojos de lo que fue un barrio bullicioso y lleno de vida. Luego llegó el crack financiero y el 15M, la ciudadanía se organizó en asamblea y esta logró articular toda una red de resistencia que puede servir de ejemplo para las comunidades vecinales de la ciudad. A partir de 2011 se potencia la creación de un archivo histórico del barrio, un colectivo de urbanistas, un huerto urbano, espacios comunitarios, se trabaja en un plan urbanístico alternativo con un estudio al detalle de las posibilidades de intervención, charlas y debates informativos sobre el proceso, fiestas populares, actividades educativas, etc.

Hoy en día, Vallcarca vive su punto crítico de inflexión, con unas empresas inmobiliarias aún propietarias de la mayoría de los terrenos, con un movimiento vecinal que ha logrado fortalecerse astutamente y rehacer un tejido ciudadano que había sido exterminado a base de expropiaciones agresivas, palas y excavadoras y, con un Ajuntament que, dubitativo sobre el futuro del barrio, ha convocado un tímido concurso de ideas. Es el momento de resolver a favor de la comunidad y el tejido vecinal el latente conflicto urbano en el que vive constantemente la vecindad barcelonesa. Un conflicto alimentado por el hambre especulativa que se traduce en Vallcarca en forma de choque frontal entre un urbanismo basado en plusvalías frente a otro sustentado sobre los pilares del derecho que tienen los habitantes a construir, decidir y crear su ciudad.

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