¿Podemos marcar el rumbo? Cuando la política pierde la inocencia

Podemos-democratico-Vistalegre-II-PP_998610878_121964448_3700x2463-955x400

Ancor Mesa Méndez

Artículo publicado originalmente en la revista argentina Turba.

En febrero estuve en Vistalegre, en el colofón de la segunda asamblea estatal de Podemos. Sentía una intensa curiosidad por vivir de primera mano un evento que marcaría un punto clave en la historia política de España. Podemos, un partido político con apenas tres años de existencia ha logrado aglutinar más de 5 millones de votos y más del 21% del electorado en tan corta existencia y, tras el convulso 2016, se había abierto una intensa disputa por la definición de su estrategia política a medio plazo y por el control del rumbo de la formación.

La impugnación al antiguo proyecto de país

Antes del nacimiento de Podemos, en 2014, y tras la explosión popular que impugnó ante la opinión pública el sistema institucional español que empezó el 15 de mayo de 2011 con la ocupación de las plazas públicas de las grandes ciudades en un fenómeno que recorrió el mundo, el escenario político se había enrarecido. Los representantes institucionales de los partidos tradicionales no lograban articular discursos que consiguieran detener la desafección ciudadana con el régimen político fundado tras la muerte del dictador Franco. Las plazas se llenaron para preguntar a las instituciones qué había sido de aquella promesa de prosperidad, igualdad y democracia que se pronunciaba recurrentemente desde los púlpitos parlamentarios para describir la Transición española y su devenir durante tres décadas.

Algunos de los principales dirigentes de Podemos se movieron astutamente a través de los medios de comunicación de todo tipo, desde Internet a los programas televisivos en prime time, catalizando el discurso emanado desde las plazas. Hasta la fecha, la involución democrática, el crecimiento de las desigualdades, la pauperización económica de las clases populares y el freno en seco de las oportunidades para familias, estudiantes y nuevos profesionales parecían inevitables, naturales e irremediables. Representantes de todos los colores asumían sin rechistar que “la sociedad española había vivido, hasta ahora, por encima de sus posibilidades”, como si las posibilidades no derivaran del escenario social fomentado desde las altas esferas del poder. Desde los años ochenta el país se ha desindustrializado, tercializado y su sistema de bienestar sustituido por una estructura económica basada en el endeudamiento. Los Pablo Iglesias, Íñigo Errejón, Teresa Rodríguez y compañía crecieron a golpe de impugnación sin ambigüedades a los mantras que se extendían en los discursos enrocados en la legitimidad institucional inmaculada del régimen del 78 que, sin embargo estaba ya haciendo aguas por todos los costados, desde la impunidad de la corrupción, al desmantelamiento del sistema de bienestar, la incapacidad para resolver los retos de la plurinacionalidad o la subalternidad española en Europa.

El reto pasar de las plazas al partido

Tras una meteórica expansión de la afección hacia Podemos entre la población española, especialmente entre las generaciones jóvenes, las clases populares y las personas con formación académica, en una suerte de nueva alianza política transversal, la presión mediática se intensificó. Las acusaciones de todo tipo y el fango informativo alcanzó cotas poco recordadas. Entre esta exposición masiva, los dirigentes de la formación pasaron a formar parte del star system de la actualidad. Quizás fue justo a partir de este proceso de exposición pública cuando los protagonistas del espectáculo pensaron que Podemos se restringía a su puesta en escena y, más concretamente, a la pose, el control, el discurso y la acción en particular de este star system. El resultado de Vistalegre I fue una estructura organizativa más jerárquica de lo esperado, bajo el control de Errejón, mediado por Iglesias, y transitado por los esfuerzos de confluencia política con corrientes y actores de diverso anclaje identitario. Como en toda casa, surgieron discrepancias, mayoritariamente acerca de cuestiones más bien accesorias, como listas electorales, puestos, matices discursivos, etc., que poco ayudaban a asaltar los cielos.

Aún así, la presencia social y el protagonismo de Podemos, tanto en el plano institucional como en los más profanos de la política no ha dejado de extenderse. A cada contienda electoral, los resultados de Podemos mejoran, se consolida como protagonista de la actualidad informativa, de conversaciones cotidianas, o en las redes sociales virtuales. A la par, las discusiones y enfrentamientos entre dirigentes han acompañado este expansión. Después de siete meses, tras las elecciones que dejaron a Pablo Iglesias al borde de la Moncloa, buena parte de sus caras visibles fueron alineandose con lo que, poco a poco, acabó reconociéndose como ‘corrientes’. Hoy en día se acostumbra a oír hablar del pablismo, el errejonismo, los anticapis o los podemitas como etiquetas que claramente identifican imaginarios distintos sobre las diferentes almas, discursos, tipologías de militancia o estrategias dentro del universo morado. Son términos de los que no se escuchaba hablar  hace apenas un año y la velocidad con la que se han consolidado dan muestra de la reificación de las batallas internas por el rumbo y la dirección de una formación consolidada como alternativa de cambio político en España y como espejo internacional del pulso global contra el neoliberalismo.

La mayoría de las crónicas apuntaban a que Vistalegre II se convertiría en el escenario donde definitivamente comenzaría la ruptura del partido. Según apuntaba buena parte de los opinadores políticos de la esfera mediática, los enfrentamientos cainitas acabarían con el proceso de consolidación de Podemos. Como patología autóctona de las formaciones políticas que persiguen la emancipación popular, la diversidad acabaría por hacer estallar el invento. Pero Podemos no es un partido tan parecido a otras formaciones más tradicionales, como dicen…

Contra pronóstico, las solicitudes para asistir a la puesta de largo de la asamblea sobrepasaron las previsiones y el palacio de Vistalegre, al sur de Madrid, epicentro barrial de la clase trabajadora de la capital, se llenó. Las gradas presentaban un arco iris de transversalidad: jóvenes, mayores, universitarios, parados, empleados públicos, tenderos, estudiantes, jubilados,… También se congregó buena parte de la representación de colectivos sociales movilizados alrededor de la pérdida de derechos ciudadanos, familias al completo, grupos de profesionales, etc. Nada más comenzar los primeros parlamentos, desde sus asientos, la gente empezó a corear una exigencia: ¡unidad! Se notó cierto desconcierto entre algunos dirigentes, con semblante cansado, tras meses de una maratón vertiginosa de debates, cruce de acusaciones, artimañas, alianzas y rupturas.

El gran clásico de la sociología Max Weber definía a los ‘partidos’ como formas de socialización que, descansando en un reclutamiento libre, tiene como fin proporcionar poder a sus dirigentes dentro de una asociación y otorga por ese medio a sus miembros activos determinadas posibilidades ideales o materiales –la realización de bienes objetivos o el logro de ventajas personales o ambas cosas. Podemos transitó desde la indignación ciudadana que explotó con el movimiento 15M hasta su consolidación como partido político fundamental para entender el escenario español. Durante este camino, un grupo cada vez más extenso de dirigentes con una preparación académica y experiencia activista sobresaliente pasó de ser un colectivo de amigos, a vanguardia de la principal alternativa política del país. Los partidos constituyen su propia esfera de relaciones y esta esfera transformó debates en confrontaciones orgánicas.

Recuperar lo colectivo para ser transversal

Una señora que andaba en la grada, en un momento de lucidez virtuosa le comentó a su compañero: “entre tantos dedos, puños y palmas, esto va a parecer un juego de piedra, papel o tijera”. La militancia exigió unidad, apartar lo accesorio y centrarse en lo fundamental. Desafiar la hegemonía de la Europa de los mercaderes y el capitalismo de amiguetes español es una guerra que requiere esfuerzos inconmensurables y los más de 150.000 votantes que participaron de la decisión final acerca del rumbo de Podemos el mes pasado parecieron decirles a sus dirigentes que el ombligüismo y la desunión restan. Rodearon a su icono principal: Pablo Iglesias, y a apostar por las confluencias con otras formaciones y organizaciones del cambio. En una coyuntura de recorrido político más pausado, sin contiendas electorales inminentes, Podemos debe afrontar el reto de consolidar su credibilidad y eficiencia innovadora para seducir a las personas que faltan para voltear la decadente institucionalidad política española.

Quizás solo curándose de los efectos perversos de las estructuras partidistas, abriendo su acción a los movimientos e iniciativas ciudadanas desinteresadas, se pueda consolidar una nueva forma de hacer política sustentada más sobre la colectividad. Pasar de hacer política para la gente, a hacer política con la gente, ser un poco menos partido y mucho más movimiento, convertirse en la plataforma de expresión y de politización del desamparo… Construir, en definitiva, la sociedad de mañana desde hoy mismo, construyendo alternativas e imaginarios en común. Queda tela que cortar y muchas personas dispuestas a empuñar unas tijeras más allá de las cámaras. Son ellas las que tienen la clave del cambio. Construyamos un patrón que facilite la confección colectiva de lo que, si lo hacemos bien y entre todos, está por venir.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s