El fascismo gana las elecciones americanas, ¿cómo es posible?

Ancor Mesa Méndez
Resulta que uno se levanta de la cama con la noticia más trágica de los últimos tiempos: un fascista gobernará uno de los Estados más poderosos del mundo. Y ojo, que digo Estado y no país, porque como país, los Estados Unidos llevan menguando su poder desde hace décadas… Probablemente desde las épocas de Ronald Reagan las mayorías sociales norteamericanas, especialmente las que se agrupan en torno a las principales ciudades de muchos Estados que antaño eran fuente de riqueza y exportación industrial han visto menguando cada vez más su capacidad adquisitiva mientras la industria financiera ha ido creciendo en acumulación de negocio hasta niveles jamás experimentados en nuestra historia.
 
En estas elecciones, a parte de sumar a la América más tradicional que habitualmente es republicana, Trump ha recibido el apoyo de Estados del noreste del país, alrededor del lago Michigan, una zona industrial depauperada con una de las ciudades más icónicas de este proceso de desindustrialización: Detroit. Se podría decir que la fusión de los valores más nacionalistas y xenófobos se han sabido conjugar con mensajes de ruptura con el orden político y económico imperante que tanto han perjudicado a los sectores populares que antaño formaban parte de las vanguardias industriales.
 
El partido demócrata eligió a la representante más tradicional de la burocracia y de los linajes gubernamentales: una Clinton por encima de otro candidato con unas claras intenciones subversivas sobre el estatus quo y el resultado ha sido el triunfo del fascismo, un fascismo que condicionará determinantemente el futuro más inmediato de la política internacional.
 
Tenemos a una Europa desmoronándose a golpe de austericidio y del crecimiento desbocado de sus desigualdades, muchos de los países mayoritariamente musulmanes de Oriente y África en efervescencia política y socialmente conflictiva, Asia acaparando la mayor parte de la producción de economía real mundial con unas condiciones laborales del siglo XIX, latinoamérica dirimiéndose entre modelos condenados a enfrentarse… A estas alturas, quien dude de que la envergadura de la crisis financiera de 2008 tiene la misma o mayor dimensión que el crack de 1929 es un iluso miope que quiere ignorar los retos históricos que tiene el ser humano por delante. Tendremos que espabilar para contener al fascismo y ofrecer una alternativa popular emancipadora, tolerante, solidaria y de progreso que esté a la altura de la historia y sus desafíos para la emancipación humana ante un escenario más que siniestro.
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