Mi abuelo Antonio

abuSaxo

Mi abuelo Antonio Mesa Cabrera en su 87 cumpleaños

Ancor Mesa Méndez

@ancormesa

¡Qué pasa artista! Así acostumbraba a saludarme mi abuelo. Como sabiendo que encontrarnos siempre tenía su encanto, su saludo invocaba una respuesta ingeniosa, simpática y confortable. Siempre tuvimos cosas que explicarnos, cuentos, anécdotas, reflexiones, hablábamos de inventos, de música, de trabajo y del pasado. Me encantaba preguntarle sobre ‘la vida de antes’, que me contara sobre su vida, sobre todo que me narrara una y otra vez, siempre desde ángulos diferentes, la maravillosa e increíble historia de aquel niño que recogía leña por el monte con su burra, aquella a la que era capaz de enviar sola entre pueblo y pueblo, como si fuera una paloma mensajera o un drone de los de ahora; que ayudaba a su padre en el campo mientras se fascinaba por las máquinas y trabajaba arreglando todo tipo de motores, bombas de agua, hornos, construyendo estructuras, canalizaciones, plataformas, vallados, etc. Del que trabajaba de sol a sol mientras aprendía música y tocaba el saxofón para bandas y orquestas junto a su hermano (todo un referente de la música sinfónica popular de la época en la comarca), por la tarde, las noches, las madrugadas, en días festivos y no tanto; que logró levantar una empresa, pieza necesaria en el desarrollo hidrológico de gran parte de la isla de Tenerife, mientras sacaba adelante a su familia. De cómo ese niño supo llevar las riendas de responsabilidades demasiado precoces para nuestro ojo, pero habituales en las condiciones de vida de las Islas Canarias de principios y mediados del siglo XX; el que supo construir un próspero y feliz hogar sin mayor ayuda que su ingenio y sus propias manos, donde me crié y donde tengo mis más enraizados arraigos.

La historia de mi abuelo, esa que tanto me fascina, repleta de episodios tan comunes como heroicos, es la historia de muchos canarios que les tocó vivir en una época muy difícil, con habituales penurias, injusticias, sinrazones y dificultades de todo tipo. Pero también en un lugar muy peculiar, con una red sólida de solidaridad popular. Mi abuelo fue siempre un hombre muy espabilado, inquieto, ingenioso, sencillo, directo y de una lealtad exquisita. Supo impregnar a quien le conoció de una confianza inquebrantable, consiguió ganarse el calor y la complicidad de cualquiera. No fallaba y no permitía que le fallaran. No toleraba la traición, era fiel a la palabra y se fiaba muy bien de sus ojos. Siempre ávido de interés por el mundo y su gente, supo siempre abrir bien su oído a sus amigos y a cualquier extraño tuviera algo que contarle.

Mi abuelo tenía el áurea de ser capaz de rodearse de personas extraordinarias con su genuina capacidad para escuchar. Él siempre me escuchaba y me miraba haciéndome comprobar que sus cinco sentidos estaban dedicados a cualquier historia que le pudiese contar, como cualquier cosa que pudiese decirle fuese de sumo interés. Sus potentes y entrañables ojos claros servían siempre de palanca de enganche y el resto lo hacían sus pacientes silencios y sus preguntas astutas. Mi abuelo me escuchaba mirándome y me enseñaba sonriendo y exigiéndome estar a la altura de lo que debía ser.

Mi abuelo trabajó duro porque sabía que debía hacerlo. Fue un hombre siempre de deber, con un compromiso envidiable con el sacrificio y la acción. Nunca supo estarse quieto, dejar que las cosas simplemente pasaran o esperar a que ‘lo hiciera otro’. Se exigía y disfrutaba de su rigor, logró demostrarnos a todos que las personas se dignifican trabajando y, sobre todo, trabajando bien, enseñándonos a soñar tomándonos muy en serio nuestros sueños. ¡Fundamento! Así acostumbraba a despedirse de mí, como recordándome que nada es más importante que la virtud de cumplir. Su sentido de la responsabilidad fue siempre su principal instinto de supervivencia y su guía espiritual, el faro con el que guió su caminar y el mayor legado con el que nos impregnó siempre. Un legado sencillo pero poderoso, uno de esos que no tienen mucha épica y poco decorado, pero de los que dejan en herencia una impronta muy sólida.

Como solemos decir, la vida es tránsito, es a la vez camino y andar, es equivocarse y acertar, deambular de aquí para allá sin más horizonte que el propio acontecer. Pero también es aprender, descubrir, transmitir, luchar o construir. Transitamos muchas veces con ritmos desconcertados, pero también otras con la seguridad de estar en armonía con el paso de los demás, al compás de ese aroma tan cálido que muchos llamamos empatía. No hay virtud más preciada en nuestro andar que la de estar hambriento de los demás, sobre todo porque, por mucho que nos empeñemos, no hay quien viva sin el mágico poder de recibir y de tener a alguien en quien confiar y de quien aprender. De mi abuelo aprendí, en mi abuelo confié y en él creo cuando me toca decidir qué es lo fundamental, lo que más importa, lo indispensable, lo que no se puede olvidar.

Jesús de Nazaret, Jimi Hendrix, el Che Guevara, Batman, Stanley Kubrick, Leo Messi,… Cada quien tiene sus héroes, todos son maravillosos, unos más sagrados, otros más mundanos. El mío es de los segundos, de esos de los que no se hacen películas ni cómics, ni reportajes tan siquiera. Es de esos que te inspiran cada día sin efectos especiales, de los que sientes orgullo desmedido y de los que sabes que son muy muy tuyos. Mi héroe me vio y me hizo crecer, me hizo feliz y me sintió suyo, me protegió y me espabiló, me enseño y me escuchó, me cobijó y me amó. Mi héroe es y siempre fue mi abuelo Antonio, el mejor que me he encontrado, el que más me ha fascinado, por el que guardo más respeto, al que siempre quise parecerme, el que siempre quería con locura y del que disfruté mucho. ¡Buen viaje artista, gracias por hacer de mí quien soy, siempre estarás conmigo!

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