Catalunya no es lo que parece

El Roto pendiente de una raya

Ancor Mesa Méndez

@ancormesa

Pasearte por la prensa hegemónica de Catalunya y de Madrid es como bucear en un mar de insultante falta de respeto a la realidad política tal y como la vive la ciudadanía. Estos días se ha sumado hasta el Marca a la campaña con un puñado de reportajes sobre la inviabilidad económica de los clubes catalanes en una posible liga entre el FC Barcelona, el Espanyol, el Nàstic, el Granollers o el Llagostera; otros preguntándose sobre cómo sería una liga española sin el Barça, especulando sobre qué país escogería cada atleta de élite, continuando con algunos artículos más sobre el tema. Las portadas, las editoriales, los destacados, los titulares o incluso hasta los anuncios rezuman un nivel de propaganda, a mi gusto, tan poco elaborada que poca cosa me suena más allá de más de lo mismo. Las elecciones al Parlament del próximo domingo 27 están evidenciando aún más si cabe el agotamiento de un sistema político al nivel de un disco rayado. Desde la llamada ‘caverna mediática castiza’ no cesan en lanzar inoportunidades que no paran de alimentar la sensación de que no tienen ningún remedio y que más vale largarse de este país que tratar de cambiarlo. Por otro lado, suenan y resuentan las arengas sonrojantes de un President que viene de despacharse a gusto contra el 15M, de una larga historia como Conseller de obras públicas durante el affair Pujol, de neoliberalizar la economía catalana a la enésima potencia, de privatizar gran parte de la sanidad, de elitizar la educación o de llevar el clasismo y en demasiadas ocasiones la xenofobia como principal dispositivo ideológico.

Sin embargo, la vida cotidiana de las personas que habitan Catalunya, o al menos alrededor de Barcelona, que es por donde me suelo mover, desborda exuberantemente el panorama político que predomina el mundo mediático que acostumbramos a consumir. No es difícil. Lo que sería verdaderamente difícil sería la convivencia en una ciudad como esta si se le pareciera ni tan solo un poco al guión habitual de los mensajes enlatados del circo discursivo habitual. Sin ir más lejos, el pasado domingo, me reuní con algunos colegas para ver la final del Eurobasket, todos más jóvenes que yo. De ellos, más del 50% confesó que votaría a la CUP, que les molaba el tema de la independencia, el romper con todo y que el rollo de si las fronteras, las banderas y lo de salir de Europa les sonaba un poco a batallita de la tele; el resto votará a ‘Catalunya sí que es pot’. Todos íbamos con la selección española y no paramos de reírnos con anécdotas y chistes sobre la campaña electoral y los políticos, como quien habla de una serie cómica, mientras disfrutábamos de Pau Gasol, el Chacho Rodríguez, Felipe Reyes y compañía. Lo cierto es que, al margen de discusiones más o menos interesantes en cualquier bar, parque, cocina o mientras se juega a las cartas, la contienda política de estos días, meses y años es vivida por cualquier entorno que suelo circundar como un espectáculo más o menos divertido.

Lo que sí que acostumbra a ser tema de preocupación es el presente material de todos nosotros. Aquí, como en la mayoría de sitios del sur de Europa, existe una sensación de provisionalidad y frustración que prácticamente lo inunda todo. Desde el mundo laboral, el familiar o hasta en los compromisos con la comunidad o las amistades. Sin irnos mucho más allá de la juventud, raro resulta encontrarse el caso de recién treintañeros insatisfechos con su situación, con un pie aquí y otro fuera o, en el mejor de los casos aburridos de la impotencia, o de presenciar injusticias, caraduras, incompetentes, trepas y sinvergüenzas. De los veinteañeros no hablemos ya de la cantidad de incertezas con las que deben afrontar desde hace tiempo ya su futuro. De los cincuentones mejor ni abrir la caja de Pandora, no sea que se nos quiten las ganas de nada. Claro, hablamos de la mayoría de los catalanes, como en todos sitios hay de todo. Los hay incluso que, como en cualquier pueblito al azar del levante español, llevan décadas montándose un buen negocio con esto de la política, patrimonializando las instituciones públicas y llenándose la boca de cumplir la ley o de emancipación nacional. Estos, de hecho, suelen ser los que acostumbran a cambiarnos el gesto mientras nos reímos o discutimos de todo.

Si no nos salimos del guión pareciera que la vara de medir la vida social en Catalunya se reglara por la incomprensión entre identidades enfrentadas. Sin embargo, el listón que separa a la ciudadanía catalana, así como sin duda sucede en el mundo más allá, sigue siendo la capacidad para vivir sin riesgo de caer en la impotencia, el infortunio o la frustración. Hoy en día tras décadas de hegemonía neoliberal, el cóctel explosivo entre el declive del bienestar, el incesante crecimiento de las desigualdades (pensemos que la gente con mayores recursos en Catalunya cerca de treinta años más que sus compatriotas de rentas bajas), la desaparición de oportunidades profesionales, el estado sistémico de corrupción política y la obsolescencia de la burocracia y el sistema de símbolos institucionales, ha acabado por dilapidar la confianza en el régimen político que fue establecido durante la transición de 1978.

Se cuenten milongas de uno u otro palacio presidencial o púlpito editorial, no hay otro camino para restablecer la dignidad de la ciudadanía de cada uno de los pueblos periféricos de Europa y especialmente los españoles, que la de hacer suyas las herramientas de un cambio que debe aspirar a subvertir esta nefasta situación. Quizás sea precisamente la empatía común de las personas que cohabitamos una cotidianidad que sobrepasa los límites enlatados que tanto se repiten, la que impulse una nueva solidaridad que desborde la sordera sobreactuada de los que llevan aburriéndonos y robándonos la cartera tanto tiempo. Catalunya no es lo que parece, no es ese espejo de esperpento y división social en torno a su bandera, es más bien un país (o como cada quien le quiera llamar) azotado por la avaricia de sus propias élites y donde sus instituciones han caducado sin remedio, el mejor lugar para entender la urgencia de cambiarlo todo para, esta vez sí, que todo cambie.

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