La urgencia de ganar La Orotava, seamos valientes

Puerta Unidos

Ancor Mesa Méndez

@ancormesa

Hace cerca de diez años que salí de mi pueblo en busca de nuevas sensaciones. Mientras estudiaba la carrera en la Universidad de La Laguna, me picaba la curiosidad por profundizar y descubrir nuevos conocimientos y métodos y, aún más me alentaban las ganas de vivir otras experiencias cotidianas en una ciudad como Barcelona, llena de curiosidades por doquier. Corría el año 2005. Por aquel entonces, con veinte años, aunque teníamos un sinfín de sueños y expectativas, ya sabíamos que las oportunidades laborales para titulados universitarios en la rama de ciencias sociales no eran sencillas. Recuerdo que independientemente de la carrera que superaras, estaba de moda pasarse diez años más estudiando y opositando para rodar por las islas, con suerte, otros tantos más. También solía ser una aspiración recurrente, optar a un puesto de trabajo en Caja Canarias, cuyas pruebas acostumbraban a congregar a miles de personas para rellenar tests psicotécnicos. Quizás pensé que en la Península encontraría nuevas expectativas, oportunidades y horizontes y probablemente, más incitado por el hambre por descubrir que con consciencia, tuve claro más pronto que tarde que mi futuro inmediato estaba lejos de Canarias.

Un presente incierto

Las islas, hoy en día, constituyen una de las naciones más desiguales y con más pobreza de la Unión Europea, mientras durante los últimos años ha batido su récord histórico en recepción de turistas. Mi pueblo, casi una ciudad de más de 40.000 habitantes, La Orotava, concentra en torno a un 30% de paro y más de un 60% entre los jóvenes, con uno de los mayores porcentajes de titulados universitarios entre los municipios canarios. Son algo más que datos. Las familias que subsisten con las pensiones de los abuelos y de ayudas sociales miserables proliferan por todo el municipio, especialmente en los barrios periféricos, como de costumbre. Se ha instaurado una verdadera economía de la subsistencia familiar basada en la temporalidad, la multiocupación y, sobre todo, los extras de la economía sumergida. La mayoría de los jóvenes se encuentra o bien sin trabajo, o con trabajos temporales de una precariedad incomprensible en pleno siglo XXI. Cada vez que regreso a las islas, a parte de disfrutar de mi tierra, claro, suelo regresar con una colección de experiencias cercanas que giran alrededor de la frustración, la provisionalidad, la desesperanza o la incerteza. Es raro encontrar situaciones envidiables, más allá de residir en uno de los lugares más fantásticos que he visto (¿qué voy a decir yo?).

Aún así, acostumbran a ser habituales las buenas ideas, genuinas e ingeniosas entre, al menos, gran parte del entorno ya no tan juvenil en el que me suelo mover por allá. También la versatilidad y la ambición, como en muchos otros lugares, imagino. Tengo un colega que combina tres trabajos, uno como asalariado, como monitor deportivo y dos de autónomo, repartiendo cestas de fruta y verdura y construyendo máquinas de souveirs para el turismo, con los que logra subsistir y poco más. Otro que es un buen sociólogo y un experto en cocina, además de un buen deportista, como uno que decidió recorrer en bicicleta la distancia que separa Huelva de Berlín y allá se quedó como arquitecto, que es su profesión; como la de otros muchos otros que están en el paro, pero que no dejan de inventar. También otra excelente socióloga reconvertida a profesora innovadora que decidió marchar a recorrer Latinoamérica para renovar su bagaje, un primo que está fundando una especie de productora cooperativa musical, un jurista reconvertido a broker, u otro arquitecto diseñador de gafas de realidad virtual. En cambio, en la mayoría de los casos, entre estos y en muchos más, el despliegue de tanto potencial se encuentra, en torno a la treintena, algo más que vacilante.

Clientelismo y estancamiento

La Orotava, además de acumular un enorme listado de ineficaces políticas sociales, de seguir atravesada por una desigualdad cada vez más evidente, a parte de haber presenciado la destrucción de su comercio local, de sus PYMES, de gran parte de su entorno rural y natural, de jamás haber sabido aprovechar el abundante turismo que circunda el municipio cada día para desarrollar una economía que se convirtió, en cambio, en un bicultivo basado en la construcción y en el comercio en grandes superficies. La Villa, además de todo eso, ostenta el que considero la pieza angular de su estancamiento económico, social y político: el desperdicio del potencial humano de gran parte de su ciudadanía. Una cuestión que tiene una historia con un culpable sutil, casi invisible, consentido, nombrado, pero habitualmente pasado por alto: el clientelismo político.

Recuerdo que mi padre acostumbra a hablarme de sus años de juventud y de activismo político, alrededor de la Transición. Me cuenta sobre grupos organizados entre los jóvenes que producían panfletos, fanzines, que organizaban concursos de fotografía, obras de teatro, que abrían negocios o revolucionaban el de sus padres, que impulsaron la primera Iniciativa Legislativa Popular de la historia de Canarias, sobre el Rincón, hoy aún guardada en no sé qué cajón. Luego pienso en los más de treinta años de gobierno de un mismo grupo de personas que han tenido la oportunidad de ordenar y gestionar la realidad social local durante todo este tiempo y concluyo que alguna responsabilidad tendrá en la desarticulación y la desmovilización de las generaciones habitualmente destinadas a liderar el presente. Hoy en día, no cabe duda, que las oportunidades rondan alrededor del poder político local, como en épocas bastante más pretéritas, y poco más allá solo quedan algo parecido a las migajas de un pastel que, recordemos, en Canarias es paradigma de la desigualdad social. Y con este panorama, es normal entender por qué la única militancia política con presencia es la que soporta el orden actual (y el de toda mi vida, por cierto).

Rincones de certidumbre

Sin embargo, también hay rincones cada vez más notables en los que reside algo de esperanza en revertir la situación sin la condescendencia de quienes han perdido la oportunidad de aprovechar las virtudes de la ciudadanía, incluso de aquella que la ha colocado y mantenido en el gobierno local hasta ahora. Uno de ellos se encuentra en una plaza que hasta la fecha había sido bautizada como el V cementerio. Una explanada ruinosa, símbolo de la época de la burbuja y de la obertura del Centro Comercial La Villa, que ha sido relanzada sin colaboración pública alguna por parte de esta (ya no tan) juventud, reconvertida a emprendedores hosteleros, con una oferta lúdica, gastronómica, social y artística singular en el entorno. Otro, aunque parezca extraño en estos tiempos de zozobra, se encuentra en una de esas candidaturas que llaman ‘de unidad popular’ que se presentan a estas elecciones en numerosos municipios del Estado Español. Unid@s sí podemos es una iniciativa que agrupa a numerosos activistas procedentes de ámbitos, partidos, entidades y profesiones muy variadas, aunque también muchos de ellos ya veteranos en la política local, fruto evidente de la desmovilización y precariedad juvenil que vengo repitiendo, que afecta, fundamentalmente, a las personas desvinculadas al poder local. Es un movimiento que, como en la mayoría de estos casos de confluencia que están comenzando a andar ahora en muchos pueblos y ciudades, no le han faltado los problemas, producto en gran parte de la desazón y las desconfianzas, los orígenes, las prisas y las aspiraciones. Pero representa un espacio de oportunidad para los que nos sentimos preocupados por el futuro de nuestro pueblo, pero que siempre creímos que la política era cosa de los políticos. Es un espacio de acceso libre, por re-inventarse y trasparente, en el que se han logrado salvar diferencias inabordables durante tanto tiempo y esto es digno de aprovechar. Tal vez solo estemos ante el inicio de un tiempo en el que se ensanchará el espacio para que la energía social, contenida en La Villa entre los muros del clientelismo, tenga la oportunidad que nunca se le ha dado. Para muchos es una urgencia, seamos valientes.

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