La República es una oportunidad

3republica

Ancor Mesa Méndez

@ancormesa

Estamos de acuerdo que, hoy en día, hay muchos problemas en el Mundo. Faltaría más negar la mayor. Y dentro de este Mundo, no son poco ni poco importantes los problemas sociales (por acotar) que hay en España y en las naciones y pueblos que la integran. Sin el ánimo de enumerar cada una de los que conforman la larga lista de dificultades del status quo de este país, creo que podríamos acordar que muchas de ellas se agrupan fundamentalmente en la precarización de la vida laboral, el galopante incremento de la desigualdad social y de la pobreza, la constatación de un auténtico modelo de crecimiento económico sustentado sobre las prácticas corruptas de políticos y grandes empresas, el enorme descrédito de la institucionalidad del Estado, sobre todo en lo que tiene que ver con sus cúpulas gobernantes, la puesta en cuestión del modelo territorial, de jefatura de Estado y la nacionalidad y, para mí el más grave, el desaprovechamiento de la potencialidad de la ciudadanía, especialmente la más joven.

Algunos de estos problemas parecerían no guardar relación, como, tal vez, la última con la puesta en cuestión del modelo territorial español. Sin embargo, creo que resulta enormemente más sencillo hilar las causalidades mutuas entre todos y cada uno de estos problemas. Sin duda, es claro ver que el derrumbe repentino de un sistema de crecimiento basado en una especie de especulación planificada entre acuerdos off the record en los que más o menos han participado los mismos desde hace no menos de treinta años es el principal responsable del veloz descenso de España en todos los ránkings de igualdad social y nivel salarial. A su vez, también es evidente la relación entre la acumulación pública de casos de corrupción política, la crisis económica y el descrédito de la legitimidad de las instituciones españolas, su jefatura, su competencia, su composición y su sistemática arbitrariedad a la hora de beneficiar o perjudicar según qué colectivos. Así, llegamos al punto en el que si tenemos delante un Estado institucionalmente camino de la deslegitimidad, una situación de precariedad social que afecta fundamentalmente al desarrollo del potencial de su ciudadanía y un sistema de corrupción instaurado en la gobernabilidad desde hace tantos años, es fácil entender que se ponga en cuestión también dónde empieza y dónde acaba la nacionalidad española. Y con ello, dónde empieza y dónde acaba este status quo.

Seamos honestos. Es muy difícil sentir mucho orgullo de un país como el nuestro, aunque sea de este tipo de honra que tiene una relación muy estrecha con el arraigo. Quizás, sobre todo, resulta engorroso enorgullecerse de una historia en la que parece que han cambiado muchas cosas pero pocas relacionadas con privilegios que parecen imantados a ciertos grupos, o clases en términos clásicos. Quizás es una historia compartida por muchos más países, probablemente sí. Pero no por ser de muchos el mal es menor. Lo cierto es que si nos ponemos a observar los restos de esta historia, sus monumentos, sus fosas, sus instituciones, o sus representaciones oficiales, perviven rastros que dejan bien claro que España es un país de privilegios. El principal de ellos, la monarquía.

Si entendemos que gran parte de la responsabilidad, por no decir la principal, de la situación especialmente crítica que vive España tiene que ver con la opacidad y la ologopolización de la información (medios de comunicación incluidos) y de la toma de decisiones trascendentes, es fácil comprender que la única función que cumple la institución monárquica es la legitimación de estas maneras de hacer y del actual precario sistema de derechos. Ya no es porque haya pruebas fehacientes de la corrupción y pillerías múltiples instaladas en la Casa de Borbón. La principal razón para creer que España debería ser una República es que quizás si hubiese un episodio del que muchos podríamos sentir entusiasmo es del momento en el que se acaben los privilegios como forma de gobierno. No hay muchas excusas, hay ya más de una generación esperando su oportunidad.

Tal vez sea cosa de una cierta simpatía estética que siento por los símbolos o rasgos que caracterizan a la República. Principalmente, colores de las banderas a parte, la manifestación que más me gusta resaltar es el inmediato emparejamiento que tienen los ideales republicanos con la igualdad, la libertad y el fomento de la convivencia y la meritocracia. No sé si por estética o por eso que llaman ideología, pero me resulta infinitamente más fácil entender un cambio radical en términos de justicia social caminando sobre estos ideales que sobre los que tienen un claro aroma a estamentos y a servidumbre. Quizás va siendo hora de encontrar algún entusiasmo por nuestro futuro y no está de más apuntarnos el tanto del triunfo ciudadano sobre las prebendas, el aforamiento y el mangoneo.

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