La provisionalidad en la treintena y la necesidad subjetiva de cambio social

El Roto - El País

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Ancor Mesa Méndez

@ancormesa

Vaya donde vaya, respondo igual cuando me preguntan cómo me va. Por supuesto, ‘bien’, no sea que la conversación necesite alargarse más del margen de lo agradable. También suelo añadir un ‘por ahora’ y un ‘no me puedo quejar, dentro de lo que cabe’. Ya si hablamos del futuro, lo normal es que solamos congeniar un acuerdo sobre la total incerteza. Con un trabajo de mileurista en un ámbito relacionado con mi profesión, casi que me puedo sentir afortunado, y esta es una buena baza para las conversaciones de este tipo suelan acabar con una sonrisa más o menos cómplice.

Hablo de mí pero, ombliguismos a parte, esta suele ser la estructura más recurrente de las conversaciones de cortesía entre afinidades no continuadas, es decir, aquellas entre colegas y familiares que no suelen compartir una cotidianidad, donde se tiende a ser cortés y neutral. Más allá, la situación general de los casi treintañeros como yo en España es que más de la mitad se encuentra en paro, el 23% en el caso de los titulados universitarios, y más del 60% de los que tienen trabajo, como el 92% de los contratos firmados en el último año, son temporales. Los salarios no han cesado de menguar desde 2008, aunque su peso en la masa económica del país ya lleva descendiendo desde los años ochenta, casi sin darnos cuenta. Las expectativas de bienestar parecen haber pasado del terreno de la meritocracia al de la suerte. Hoy, en plena crisis económica e institucional, en el centro de la batalla política por juzgar el presente y construir el futuro, entre la resignación o la ilusión, con las esperanzas que suele traer consigo la treintena pero con el miedo a que no nos dé el tiempo para que todo cambie, la incertidumbre endémica de estos tiempos parece haber convertido esta provisionalidad en una suerte de precariedad estructural.

Es extraño convivir con la sensación de que tu vida cotidiana es más bien provisional, una extrañeza bastante singular cuando, en lugar tener la certeza de que forma parte de una etapa, es más bien la zozobra la que recorre el horizonte. El futuro dibuja un panorama dilemático que nos invita a pensarnos con tensión. Definir nuestra identidad profesional, nuestro campo ideológico o nuestro lugar en la colectividad hoy, más que nunca, se presenta difícil y con altas dosis de riesgo. Esta coyuntura crítica que arrastramos desde hace no menos de siete años toma apariencia de una estructura muy inquietante. En la misma medida en la que ciertas corrientes de la Psicología Social, la Sociología o la Filosofía, como el interaccionismo simbólico, la etnometodología o el posmodernismo de Michel Foucault, han situado la construcción de la identidad en un plano siempre inestable, la profunda crisis social en la que estamos inmersos ha puesto el orden y las expectativas colectivas totalmente en cuestión.

Según Harold Garfinkel, padre de la etnometodología, para que una coyuntura devenga en un orden de cosas determinado, solo hace falta que seamos capaces de relatarlas con una cierta aceptación colectiva del relato. Tomando esta aseveración, es fácil entender que las conversaciones de cortesía suelan girar alrededor de la provisionalidad y que tienda a buscar rincones de fortuna, resignación y de esperanza incierta. Además de tratar de contar y de contarnos nuestra situación personal, también estamos consensuando el estado de las cosas para ‘todos nosotros’, una suerte de estructura ideológica donde enmarcar lo que parece escapar de nuestro control. Tratando de ensamblar la incertidumbre, casi sin darnos cuenta, estamos consensuando nuevas certezas que, por precarias, miserables, injustas o indecentes que sean, parecen lo suficientemente sólidas como para hacer volar por los aires la vigencia del sistema institucional por el que nos llevamos rigiendo más de treinta años.

El tablero político ha cambiado la disposición de sus piezas, ha dejado en evidencia los discursos tradicionales y ha acabado con el argumentario de una antigua estabilidad más bien de tipo caciquil. Hoy aceptamos la provisionalidad de una estructura institucional construida de mitos inestables como el de la in-modélica Transición de 1978. Pero tampoco nos cuesta más aceptar la estructuralidad de la provisionalidad que rige nuestra identidad tras décadas –o siglos- de construcción social sobre la desigualdad y de más de siete años de crisis desbocada. La calma antes de las tormentas electorales de este año consiste en que nos hemos dado cuenta en que vivimos en un entorno precario, inestable, injusto e incierto. Sabemos que hay riesgo de que esto se prolongue mucho y que, llegado el momento, tendremos que elegir entre la continuidad o el cambio, entre la subordinación o la dignidad, entre la precariedad o la ambición, o entre la esperanza o la resignación. 2015 no es un año cualquiera.

*Artículo originalmente en la revista Ssociólogos en el siguiente enlace.

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