Confluir (primera parte)

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Azagra – arainfo.org

Ancor Mesa Méndez

@ancormesa

Ya hace un tiempo que hablé de la especie de síndrome de Estocolmo social que parecía extenderse con rapidez entre nosotros, la ciudadanía indignificada. Una especie de reacción natural ante la evidente pérdida de derechos sociales y la extensión de la precariedad que consiste no solo en su aceptación, sino en una especie de complicidad que nos acostumbra a vernos como responsables últimos de nuestra situación de incertidumbre, inseguridad y desprotección, tal y como ha definido Zygmunt Bauman la modernidad líquida que en la que hoy en día parecemos vivir. Desde luego, esta resignación ha experimentado recientemente un shock en todo el territorio español, con los resultados electorales del pasado 25 de mayo, un parón en seco por la agitación electoral que supuso la -nunca mejor dicho- espectacular aparición de Podemos y la súbita pérdida de apoyos de los partidos turnistas (PSOE y PP) hasta abarcar menos de la mitad del electorado. Aún así, la propaganda gubernamental sobre el más que pírrico, más que dudable y maquillado crecimiento macroeconómico, la demonización de los nuevos movimientos políticos surgidos desde la esfera del 15M y detalles como el movimiento gatopardista del PSOE y las leves condenas de prisión para iconos del caciquismo como Jaume Matas y Carlos Fabra, pueden estar haciendo reavivar la resignación y la complicidad de muchos con un régimen político (el español de 1978) que se ha demostrado, cuanto menos, corrupto, ineficiente y caduco.

Esta advertencia la extraigo de una corta conversación que mantuve hace unos días con un taxista. Tras unos sintonizados comentarios sobre el escándalo de Jordi Pujol mientras en la radio sonaba una breve crónica del suceso que ha abierto en canal a la esfera política catalana, especialmente la de Convergència i Unió, algunos “esto se veía venir”, bastantes lamentos sobre lo difícil que se ha hecho llegar a fin de mes mientras otros meten la mano sin rubor en las cuentas públicas y tras compartir información de varios casos de corrupción e indecencia política, el conductor me confesó que le gusta la derecha. Su diagnóstico era sencillo: todos roban, pero el PP de Aznar redujo el paro y el de Rajoy parece que está consiguiendo sacar al país del pozo, mientras el PSOE ha llevado al país a la crisis en dos ocasiones. También confesó que en los 80 era un votante socialista convencido, pero que los gobiernos de Felipe Gonzáles le traicionaron, así que decidió (y aún parece no arrepentirse) confiar en lo que hasta hoy parecía ser su única alternativa de gobierno. Mientras, también me comentaba que cada vez cobraba menos, no llegaba a los 14.000€ anuales, con más de 50 años y con hijos en paro. “La vida se ha puesto muy difícil” -me repetía-, casi agónica a veces, para gente como él (que es mucha, prácticamente la mayoría).

Este relato que a muchos puede parecerle contradictorio, perverso o desatinado, es un argumentario más que habitual, una prueba de lo fácil que es conformarnos con cualquier cosa que se parezca a la seguridad en un medio ambiente cada día más incierto y vertiginoso, en el que, el día menos esperado, las mínimas condiciones de subsistencia podrían desvanecerse. Combatir este diagnóstico con acciones políticas que extiendan la ilusión por recuperar y profundizar en los derechos sociales hoy casi perdidos (empezando por el derecho a un trabajo y una vivienda digna), para lograr un bienestar social digno del s.XXI, debería de convertirse en la primera labor del activista democrático. No sea que se nos haga tarde.

Como bien apuntan Nacho Murgi, Jacobo Rivero y Ángel Luis Lara, en el puzzle del escenario político que hemos de afrontar, nos sobra la pieza de la hegemonía. La ambición, las identidades, el protagonismo, la imposición, el inmovilismo o la desconfianza ante las posibilidades de hacer confluir fuerzas y métodos, todo lo que resulte exclusivamente propio y particular en detrimento de lo común, debería ser desalojado de nuestras mochilas en esta guerra contra la indecencia que supone asumir que estamos condenados ser dirigidos por mangantes. La inseguridad material, el desasosiego cultural y la desconfianza en el prójimo incentivados por el neoliberalismo en los últimos cuarenta años requiere de un redoblado e incansable esfuerzo colectivo por potenciar el afianzamiento de una fuerza colectiva que ofrezca una alternativa clara. Confuir es la oportunidad que nos brinda el momento con nuestro compromiso con un mundo infinitamente mejor. No hacerlo quizás suponga transmitir que la alternativa no está clara y que ante la duda, mejor malo conocido…

No deberíamos convertirnos, por nuestras incertidumbres cainitas, nuestra zozobra y nuestra patológica desconfianza hacia los compañeros de fatigas, en cómplices de la decadencia de esta modernidad autóctona de la Marca España que, más que líquida, parece una gaseosa turbia. La crisis institucional, si las élites consiguen moverse inteligentemente, podría no durar mucho tiempo y podríamos repetir la historia de la Latinoamérica de los noventa y dosmiles, o de la España franquista, sin irnos tan lejos, aceptando la corrupción, la precariedad y el enchufismo como algo inevitable. Quizás, si nos despistamos, de aquí a cuatro años ya nos hayan derrotado una vez más… Espero que tengamos la longitud de mira para evitarlo antes.

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Una respuesta a “Confluir (primera parte)

  1. Pingback: Confluir: el nuevo compromiso político para transformar la indignación en cambio social·

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