El partido no acaba sino de comenzar

Ilustración: Belén Espejo. elDiario.es

Ilustración: Belén Espejo. elDiario.es

Ancor Mesa Méndez

@ancormesa

Me encantan las elecciones, lo tengo que reconocer, aunque sea bajo el riesgo de parecer raro. Probablemente me venga de la infancia. Mi padre militó en diversos partidos de izquierda, de mi pueblo, La Orotava, al ritmo que marcaron sus propias decadencias. Recuerdo acompañarle mientras hacía de apoderado por las mesas electorales y durante el recuento en sedes que fueron cambiando cada dos o tres comicios. Todos los acontecimientos y hábitos relacionados con los procesos electorales, me ha parecido siempre un ritual verdaderamente apasionante, habitualmente aderezado con un sinfín de conversaciones y opiniones que suelen trascender el interés puramente político y se adentraban en más o menos concienzudas hipótesis sobre el sistema de relaciones sociales local y su idiosincracia y a las que solía prestar una digna atención para un niño.

La infinidad de conversaciones entre mi madre y mi padre, y entre sus amigos, acerca de los habituales atropellos a la justicia social y a la buena praxis política de un gobierno local tradicionalmente déspota y clientelar, me parecían fascinantes, como una historia heroica de Jedis contra Siths, de indios y vaqueros, o de, simplemente gente normal contra mundanos tiranos. Este recuerdo infantil tiende a invitarme, cada cita con las urnas, a engancharme al guión de las campañas electorales y su desenlace, saboreando cada detalle como si de Star Wars se tratase. Quizás el defecto ‘profesional’ también haya añadido algo más de salsa a este gusto reminiscente por la contienda política. Al fin y al cabo, hablar de sociología y de política es como hablar del hemisferio derecho e izquierdo del cerebro: particulares pero inmanentes.

Una contienda incierta

El pasado 25 de mayo confieso que sentía un especial interés por el desenlace de un combate extraño, con una crisis de legitimidad institucional galopante y con la entrada en escena de actores imprevistos. Confieso que tenía una sensación un tanto épica durante los últimos meses a pesar de la tradicional irrelevancia de unas Europeas. La crisis política pintaba un escenario totalmente incierto, las mayoría de las encuestas públicas reflejaban grandes diferencias en sus respectivas predicciones y coincidían en un altísimo e inusual porcentaje de personas que desconocían el sentido de su voto. Con este panorama, lo habitual era esperarse una abstención desorbitada. Pero no fue así, sino que incluso votaron más personas de lo que lo habían hecho en 2009, cuando la crisis era solo económica y los partidos del poder (me refiero en este caso tanto a PP, PSOE, como a CiU, CC y PNV) acumularon el 86% de los votos, un 31,5% más de lo que obtuvieron hace un mes y medio (se quedaron en un 54,5%). Pero, además, mientras transcurría la jornada y esperaba con expectativa los datos de participación desde que me sorprendió el primero del mediodía, fui cayendo en la cuenta que en las Comunidades Autónomas tradicionalmente más abstencionistas, la participación aumentaba, mientras disminuía en las Comunidades habitualmente más participativas. Esta curiosidad, respecto de unas Elecciones Europeas con un tradicional interés reducido para la población me llamó especialmente la atención, preludio de la gran sorpresa que trajeron los resultados finales. En una frase: estos comicios despertaron más interés entre quienes no solían participar de ellos y menos entre los más fieles hasta la fecha. De ahí que en el PP estén convencidos que la abstención fue su gran enemigo. No en vano, perdieron más de 2 millones seiscientos mil votos, alrededor de un 40% de su fiel electorado de 2009, la mayoría del cual no votó a nadie.

Una proporción similar de votantes dieron la espalda al PSOE que perdió también más de dos millones y medio de votos que fueron principalmente a La Izquierda Plural y a Podemos, la imprevisible revelación y el movimiento político que está hoy en boca de toda la escena mediática. Sin duda, parece que todo el trabajo ideológico pero, sobre todo, discursivo que vivió su explosión a partir del 15 de mayo de 2011, tres años después, comienza a dar sus frutos en la escena electoral. Hasta la fecha, a pesar de llevar más de tres años de crisis económica, apenas se había hablado de dación en pago para no morir endeudado, ni de auditoría ciudadana de una deuda estatal que está a punto de alcanzar el 100% del PIB español, ni de transparencia total en las cuentas y agendas políticas, ni de listas ciudadanas abiertas, ni de reforma fiscal para combatir una economía sumergida dominada en alrededor de un 80% por las grandes fortunas del país, ni de derecho a decidir el modelo de Estado y a su Jefe, ni de procesos constituyentes, etc. Amplios sectores de la izquierda política han adoptado gran parte de los consensos del 15-M como patrón de conducta, han hecho suyos sus mensajes y han tratado de populizar la política. Pero Podemos lo ha hecho de una manera más directa, con menos complejos y con ciudadanos sin carnet como aliados de campaña.

Un resultado evocativo

Si, como comentaba al principio, la contienda electoral suele aportar gran información sobre el devenir de la idiosincrasia colectiva, las últimas Elecciones Europeas han arrojado un resultado dantesco para las tendencias a aceptar y prolongar la estructura ‘turnista’ que ha imperado en España desde el año 1982. El descontento, pero sobre todo, las ganas de construir un sistema político y social radicalmente diferente al actual, siguiendo la ‘hoja de ruta’ marcada hace poco más de tres años en las plazas y los hashtags sigue en aumento ya a velocidad crucero. Muchas de las propuestas y, sobre todo, la mayoría de las visiones sobre el futuro emanadas de este fenómeno recuerdan a discursos no tan nuevos como pone en evidencia que figuras como Julio Anguita se hayan convertido en nuevos referentes programáticos. Una de las piezas claves para entender el cambio de marcha que han supuesto estas Elecciones es explicarnos cómo ha sido la izquierda democrática la que ha conseguido convertirse en la alternativa al austericidio y no la extrema derecha, como sucede en Francia. Probablemente tenga gran responsabilidad el carácter genuino, inocente y autóctono del 15M, junto con la confirmación de sus análisis económicos, políticos y sociales más rigurosos, a lo largo de estos tres últimos años de imparable crisis, algo que está siendo y será objeto de estudio de tesis doctorales.

Me interesa, por ahora, destacar un par de datos que convierten la coyuntura actual en un hito del cual aún a penas podemos dar cuenta y de incierto acontecer, pero un hito al fin y al cabo: el relato de la izquierda democrática ha sido abrazado por las clases populares (en gran parte porque allí ha sido originado). El siguiente gráfico, elaborado por el Dr. Jordi Bonet, relaciona niveles de renta y porcentajes de voto a Podemos según los barrios de Barcelona. La correlación entre ambas variables es evidente: cuanto menor renta dispongan las familias de un barrio, más alto fue el apoyo a este movimiento. Es un dato con el que las izquierdas democráticas, fundamentalmente Izquierda Unida, siempre han soñado y jamás habían logrado con tanta claridad.

Elaboración: Jordi Bonet

Elaboración: Jordi Bonet

Otros gráficos, también elaborados por el Dr. Bonet, son especialmente relevantes para entender lo que significa y conlleva el resultado electoral del pasado 25 de mayo. En este caso, relaciona los resultados de las Elecciones Generales de 2011 con la encuesta llevada a cabo por el GESOP en mayo y que nos ayuda a entender muy bien el escenario y las acciones que se están poniendo en marcha durante el último mes y medio (abdicación del Rey incluida).

PP2011-14

Elaboración: Jordi Bonet

Elaboración: Jordi Bonet

Elaboración: Jordi Bonet

Elaboración: Jordi Bonet

Elaboración: Jordi Bonet

Si extrapolásemos estos resultados al ámbito estatal, está claro que el PSOE tiene un serio problema con Podemos, que a Izquierda Unida solo le queda (como parece estar haciendo) iniciar un proceso de confluencia con esta formación pero, sobre todo con el el efervescente estímulo democrático popular al que apela. El problema del PP es su propia abstención, Ciutadans y UpyD. Siguiendo esta previsión, teniendo en cuenta las últimas Generales, en un buen escenario para ellos, es decir, presuponiendo que la mitad de los que no saben o no contestan les volverían a votar, el PP perdería aproximadamente el 42% de sus votos, pasando de casi 11 millones de votos a unos 5 millones y medio y el PSOE un 55%, de casi 7 a 3 millones de votos. Es decir, que podrían haber entre 9 y 10 millones de votos (entre el 35% y el 45% del electorado que irá a votar) hoy en día en el aire y muy probablemente no regresen a estos dos partidos porque parecen estar buscando cambiar estructuralmente una escena política que huele a pasado.

Superar los complejos, converger, empatizar y ganar.

Podemos, en su corto arranque ha sabido aprovechar y transmitir el trabajo ideológico del 15M, transformarlo en mensaje mediático y convocar al movimiento tanto el activo como el de entre bambalinas y sobre todo el que está a la recámara, aquellas personas que sienten una profunda simpatía por aquel 15 de mayo y su incalculable esfuerzo agregador, sin haber pisado un plaza durante sus ocupaciones. Como bien indica Suso de Toro en su análisis sobre la ideología de Podemos, los votos y la militancia activa de esta joven agrupación nacen en unos sectores sociales muy castigados por la crisis que tienden cada vez más a al activismo, que tienen y buscan insaciablemente información y orgullo cívico. ¿Cómo evolucionarán esos sectores? ¿Se diluirán políticamente si las cosas se van arreglando? O bien, ¿crearán un verdadero sujeto político que arrastre a la sociedad e imponga cambios políticos, económicos y sociales más allá del grupo promotor de Podemos y su liderazgo mediático para que no se diluya entre la política de pasillos (o de whatsapp) y cargos todo un hito de ilusión que ha de combatir la transición oligárquica que portavocean (que no capitanean) los partidos y cabezas visibles del Régimen del 78 con un ejercicio de ruptura democrática que, necesariamente, ha de pasar por la convergencia, la astucia, la humildad y la transparencia total para ganar y subvertir la indigna situación social por la que transitamos? El partido no acaba sino de comenzar, será duro, es incierto y pervertible, pero debemos tener la responsabilidad suficiente como para no perder la oportunidad.

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