El atractivo feminismo de Beyonce

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Ancor Mesa Méndez

@ancormesa

Soy fan de Beyoncé, un fan reciente, eso sí. A pesar de que ella lleve más de quince años rondando la fama sobre los escenarios, más de diez que vengo escuchando su nombre y casi veinte que descubrí el R&B, género musical en el que se desenvuelve con mayor asiduidad, y que innundó las discotecas de mi adolescencia, hace poco más de un año que empecé a interesarme por su figura, sus espectáculos, sus composiciones y, por supuesto, sus interpretaciones. Pero, a pesar de mi reciente ‘descubrimento’, mi apego a esta artista se ha incrementado exponecialmente hasta la fecha. Tal vez haya sido mi cada vez más fuerte interés por los fenómenos de masas, las formas artísticas más agregadoras, o los espectáculos más empáticos y multimedia; quizás mi especial gusto por los ritmos y las intimistas cadencias melódicas de la llamada música negra; tal vez por atletismo o, sencillamente, porque me resulta una mujer platónicamente encantadora y bella; o, como se suele decir, por todo un poco. Quién sabe, en esto de los gustos y la pasión hay ríos de tinta escritos que suelen acabar más en frustradas impertinencias que en explicaciones omnipotentes sobre las razones que propician fenómenos tan difícilmente razonables como la admiración.

Antes de ser conscientes de el proceso por el que pueda surgir una simpatía, solemos sentir la necesidad de entender las que ya sentimos y enseguida nos ponemos a buscar entre todo lo que se puede encontrar de cualquier persona, equipo, idea, vehículo, animal, o cualquier cosa que nos rodea, nos contiene o contenemos, que nos ayude a relatar nuestro apego y, por consiguiente, a comprenderlo. Luego ya este o estos relatos irrumpen en la experiencia esculpiendo repetidamente la simpatía, formateando el caos que porta la incertidumbre, hasta que da igual el origen de todo. Un decente ejemplo de este proceso clásico es un elemento en el que he caído en la cuenta aún más recientemente de lo que tardé en bailar su primera canción o en descargarme toda su discografía: Beyoncé es una figura que irradia feminismo. Claro, no el mismo feminismo que el que representan los históricos iconos del feminismo en España como la Pasionaria, Concepción Arenal, Clara Campoamor o hasta Cristina Almeida; o en el mundo como Judith Butler, Teresa de Lauretis, Clara Zetkin o, por qué no, Janis Joplin; todas ellas activistas y triunfadoras feministas, cada una a su estilo, en su posición, sus creencias, su profesión y con su imagen. El feminismo como movimiento de subversión política ante una normalidad pública de carácter fundamentalmente masculinizado, desde luego, no es ni un fenómeno, ni tan siquiera un argumentario uniforme acerca de como deberían ser las relaciones entre hombres y mujeres o sobre cómo se producen, reproducen y cambian las relaciones de género en la vida en sociedad. Pero, sin embargo, un común denominador atraviesa todo feminismo: el trabajo por que las diferencias que produce el género como uno de los ejes de la organización social, no se traduzca en subordinación de unas personas bajo otras.

Aunque llevo años ciertamente familiarizado con las teorías feministas, desde mi época de estudiante de Sociología en la Universitat Autònoma de Barcelona, con un Departamento referente en la sociología feminista española, tampoco ha sido el tema que más ha ocupado mi interés, ni mucho menos. Pero eso no me quita decenas de debates y lecturas sobre este tema, ni tan siquiera un especial entusiasmo por los logros políticos del feminismo, principalmente su triunfo sobre el fundamentalismo. Beyoncé me ha hecho rememorar ciertas decepciones con el feminismo académico de mis años más tempranos en la Universidad (antes de descubrir a Butler) y aún más con el feminismo político más mediático: el de los partidos de izquierda, el sindical y el de gran parte de los movimientos de carácter ‘callejero’. En el primer caso -el académico-, a mediados de la década pasada recuerdo que solía bregarme contra las concepciones de género monolíticas que hablaban de la omnipresencia de un sistema patriarcal en occidente que relegaba a las mujeres a la subordinación en todas las facetas de sus vidas. De la misma manera que una religión totémica -reza esta mirada-, de una especie de semilla machista ha germinado nuestra sociedad, cuyas relaciones están siempre condicionadas por ese ‘ADN’ original. Siempre pensé que esta visión sirve muy bien para separar a las personas con consciencia de las inconscientes, con libertad de las alienadas, las inteligentes de las tontas, al fin y al cabo, pero poca ayuda más podía prestar a la comprensión de las múltiples formas de las diferencias entre géneros y mucho menos para superar las diversas formas de dominación por esta razón.

En cuanto al feminismo de los partidos políticos, especialmente de los que se dicen de izquierdas, porque me he criado en este bando, detesto sus formas de hacer, más propias del escaparatismo que de una verdadera intención transformadora, con sus mujeres-florero y su tradicional retórica estereotipada. Menos problemas de honestidad tengo con el feminismo sindical y el del grueso del activismo independiente, pero principalmente suelo recelar de un efecto, quiero pensar no previsto, de las formas de su acción y su discurso más manido: la capacidad para deslegitimar las ‘estéticas femeninas’ que no forman parte de la típica moda femenina de la acción política feminista. Y esto del plano estético del activismo feminista es mucho menos mundano de lo que parece y un elemento crucial en la congregación o disgregación de muchísimas mujeres bajo el mismo interés en subvertir su situación de desventaja en un entorno público hostil y desigual. No hay más o menos mujeres conscientes y consecuentes, hay más o menos mujeres libres, y esto es algo que, bajo mi juicio, no han acabado de digerir las y los militantes feministas de base, a veces más preocupados de si van o no maquillados, bailan o no determinados ritmos o si leen una u otra revista, que de entender la diversidad de la feminidad y de ofrecer herramientas que nos ayuden a construir de verdad un entorno social empático, solidario y simétrico.

Beyoncé no es precisamente un icono del feminismo más revolucionario. Su filosofía, sus formas, el contenido de sus letras, su espectáculo, su coreografía, su vestimenta, etc., podría encasillarse mejor en la estantería del feminismo liberal. Con el espíritu propositivo de sus letras, su contundente puesta sobre el escenario, su banda íntegramente compuesta por mujeres, su trabajado cuerpo,  su cautivadora y sugerente mirada y su atlética forma de bailar, nos da pistas de que su feminismo trata sobre corregir las injusticias y las discriminaciones y remover los obstáculos que limitan la igualdad de oportunidades, aunque sin entrar a cuestionar necesariamente las asunciones que suelen permanecer en las propias instituciones que constituyen las diferencias de género.

El origen de Beyoncé, al igual que el de la histórica activista negra Angela Davis, se localiza en el sur de los EEUU, donde los movimientos de liberación negros adquieren, además, una dimensión que combina la lucha de clases, la igualdad racial y el feminismo en el corazón de la América más desigual. La dimensión icónica de Beyoncé recoge el triunfo de la tradicionalmente oprimida cultura negra, de la voluntad de cambio de los que peores condiciones de partida tuvieron y continúan teniendo. El sueño de Beyoncé, como el de las Destiny’s Child, cuando irrumpieron en la escena del R&B a finales de los noventa, es la mujer independiente, que no es baladí si tenemos en cuenta al público al que se dirigían. Hoy, en el año 2014, Beyoncé, a parte de llenar estadios en sus conciertos ha sido hasta considerada como la persona más influyente del año por la conocida revista Time. No sé, pero igual está consiguiendo ella con su arte algo más de lo que se ha logrado con décadas de políticas gubernamentales de igualdad…

El género, como categoría psicosocial, es un elemento crucial de la identidad humana, uno más aparte de otras posiciones que ocupan las personas y los colectivos en un entorno de relaciones determinado. En este sentido, la identidad es más un estado, una situación concreta de las personas que un sustrato invariable. La eterna tensión del feminismo se sitúa entre la reivindicación de lo femenino como una identidad particular o como expresión portentosa de la diversidad. La reconstrucción que propone Beyoncé se sitúa precisamente en este segundo polo, hablando también de interdependencia, pero reivindicando la seguridad y la autonomía, el “sí se puede” y la libertad. Tal vez, en la era en la que las expresiones artísticas más populares y las posturas políticas que más agregan están atravesadas por las formas multidimensionales, las perspectivas holísticas, las sensaciones múltiples, los espectáculos multimedia y el empoderamiento popular, la misión del viejo cantautor de lograr espabilar políticamente a su audiencia, hoy en día necesitan de un estímulo, una empatía, una preparación, un espectáculo tan íntimo y tan masivo y un mensaje tan sencillo y contundente como los que logran artistas -con la colectividad de profesionales y fenómenos que la conforman- como Mrs. Knowles-Carter.

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