Una nueva estética política para ganar la liga y mucho más

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Ancor Mesa Méndez

@ancormesa

Cuáles son y, sobre todo, cuáles deben ser los límites entre el deporte y la política son viejos debates, sobre todo, desde que los fenómenos deportivos comenzaron a adquirir, hace unos cien años más o menos, una relevancia a escala masiva. Con esto pasa como con las fronteras entre el amor y el sexo, o entre el “suspendí” y el “me suspendieron”, o entre el azul y el verde cuando hablamos de turquesa. Discutir sobre sus límites se hace eternamente interesante porque necesitamos crearlos con laboriosa consciencia, cada vez que hablamos sobre ellos. Sobre dónde tienen que estar, cómo deben ser y por dónde deben trazar su serpenteante división ya nos invita a pensarlo todo sobre la plantilla discursiva que nos suministra el plano ético y, por consecuencia, político de las consecuencias que tiene la práctica y la exposición mediática del deporte. Más aún cuando hablamos de deporte profesional…. por aquello de la mediación que ejerce el dinero sobre el devenir deportivo.

Como yo no me considero una persona excesivamente laboriosa en mi consciencia y sabiendo del ingente volumen de saliva invertido tratando de dirimir cómo separar ambos ámbitos, desisto de hablar sobre sus lindes. De esta manera, además, me evito discutir sobre enunciaciones tan manidas como ‘la politización del deporte’, que suena a algo feo, a una apropiación interesada de un bien común, de la misma manera que lo hacemos cuando hablamos de la ‘individualización de la sociedad’, como si no fuera la sociedad precisamente la responsable de que existan individuos y viceversa.

Hace unos días vi uno de los últimos capítulos del programa que dirige el profesor de Ciencia Política y ahora cabeza de lista a las elecciones europeas por la plataforma electoral ‘Podemos‘, el Dr. Pablo Iglesias Turrión: ‘Fort Apache: Fútbol, ¿deporte, política o solo un negocio?‘, una tertulia habitualmente política que se ‘atrevió’, en esta ocasión, a hablar de fútbol sin miedo a dónde llegar y que resultó, aunque mucho menos entretenida que cualquier programa deportivo, bastante ilustrativa del interés que tiene la sociedad española en el fútbol como su mayor espectáculo, en el sentido más constructivo del término. En lugar de bregarnos a discutir sobre en qué se diferencian el deporte y la política, quizás, como lograron los contertulios de esta edición de Fort Apache, hasta resulte más entretenido hablar de su contorno común.

Por ejemplo, ambas son ‘disciplinas’ que comparten la competición como forma más habitual de desarrollo. Pero la competición no se da solo en el ámbito más evidente de tardar menos que los oponentes en recorrer una distancia, obtener mejor puntuación o sacar más votos en unas elecciones. La disputa menos clara, pero no menos determinante, que se da, en la misma medida, tanto en un partido de fútbol, como en una tertulia en prime time, es la pelea por el sentido de la misma o, si se prefiere, la lucha por la legitimidad de la victoria, por “ganar bien”. En cualquier caso, como ya indicara el recientemente fallecido teórico social Ernesto Lacau, la razón de ser, el impulso y el desarrollo de un sujeto político -así como el de cualquier deportista, añado yo- es la conquista de la hegemonía, es decir: la capacidad de presentar nuestro proyecto, nuestro estilo y nuestros principios como encarnados en el interés de todos los participantes, en el interés general, por tanto. Y es que los argumentos y las jugadas que acaban en gol, así como aquellas que injustamente acaban con la pelota fuera del arco, comparten la capacidad de empatizar con los espectadores, soberanos últimos de la razón y la legitimidad del resultado. De la misma manera que un artista no es nunca tal sin la complicidad de un espectador que así lo asuma, ningún político y ningún deportista ‘juega’ solo para él y, más bien, intenta en todo momento extender sus acciones más allá de su intimidad, tratando de involucrar a quien lo mira.

Tanto el deporte como la política son terrenos de juegos que invitan a la diferenciación y a la agregación. En ellos jugamos siempre nosotros contra ellos, el noema mismo de la identidad, germen de toda relación social. Y esta relación necesaria y tormentosa, como bien explicó, entre muchos otros, el Dr. Pablo Fernández Christlieb, en una brillante conferencia el año pasado, bajo el título ‘Aproximación estética a la psicología social‘ -la cual, recomiendo con especial énfasis-, esta relación entre el nosotros y el ellos se viste de estéticas diversas que llenan de sentido, emociones, impulsos y no sé ni cuántas confusiones a cada acción que refuerza y/o pone en cuestión la legitimidad y cohesión de grupos de todo tipo.

Los jerseys colgados de los hombros, los pañuelos palestinos, las chaquetas de pana, las corbatas y los trajes, pero también, por supuesto, las cadencias, los gestos, los colores y los tonos son todos signos estéticos de tendencias que trascienden el estricto ámbito político y, a la vez, inevitablemente adscriben a sus portadores con retóricas más o menos concretas. No es difícil tampoco referirnos a estéticas liberales frente a estéticas de lo colectivo cuando hablamos de fútbol, o de baloncesto, y hasta de tenis si me apuran. Podemos enfrentar en el primer eje a la selección de fútbol brasileña y, en el segundo, a la de Italia. Pero también es fácil identificar estéticas de lo colectivo comprometidas con el ataque y el encanto como el Barça de Guardiola y estéticas liberales asociadas a la eficacia y la contundencia como el Real Madrid de Ancelotti. Sin duda, tanto en los eventos deportivos como en los políticos, sus actores combinan estrategia y estética para tratar de ganar y convencer, ‘jugando bien’, tal y como exigen los ‘cánones unamunistas‘, para que la victoria adquiera los tintes de eternidad necesarios para “volver a ganar, ganar, ganar y volver a ganar”.

La guerra por la hegemonía enfrenta, además de a personas concretas, a un sinfín de asociaciones estéticas que visten de sentido y de casi todo lo demás a las contiendas. Si hasta la fecha han funcionado bastante bien, sobre todo para algunos, binomios políticos, estéticos y deportivos como derecha e izquierda, liberal y socialista, simple y complejo, provocador y conservador, ataque y defensa, o encerrarse y abrirse, quizás va siendo hora de descubrir y normalizar nuevas formas de entender, sentir y jugar en un sistema institucional cada vez más caduco. Quizás la iconografía plástica de las nuevas formas de hacer política al sur de Europa, pase por una reinvención radical de cómo hemos entendido hasta ahora el terreno de juego de la política mediática tradicional, rescatar la honestidad de las relaciones entre las personas ‘de a pie’ y ser capaces de barrer de las instituciones a la decadente clase de políticos profesionales tan amantes del juego sucio, de las simulaciones y del “no sabe usted con quién está hablando”. Va siendo hora de hacer desaparecer a aquellos que se han empeñado concienzudamente en apropiarse del partido, el espectáculo, sus normas y hasta de las gradas. Toca reinventar la estética política para que gane la cordura, la justicia y la colectividad. Entre otras muchas razones, para que deje de ser normal que la corrupción rija la meritocracia social, para que la política no sea cosa de ‘los políticos’, para que, en definitiva, los goles los marquemos quienes no hemos pintado nada porque se han empeñado en no dejarnos jugar.

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