Síndrome de Estocolmo

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Ancor Mesa Méndez

@ancormesa

Como muchos de los casi treintañeros españoles, suelo reunirme los fines de semana en casa de alguna de nuestras amistades. Desde hace años, muchos de nosotros nos hemos acostumbrados a prescindir cada vez más habitualmente de los puntos públicos de reunión, como los bares, los cines, incluso las canchas o los parques, que por una razón o por otra, se acercan peligrosamente cada vez más a la categoría de ‘inaccesibles’. En una de estas reuniones domésticas del diciembre pasado, entre cerveza y vino del barato, papas fritas y tortillas caseras, discutimos acerca de la cantidad de mes que nos suele sobrar a todos a final de sueldo. En realidad, lo que abundó en este encuentro no fueron precisamente quejas sino, más bien, una cierta culpabilidad por no lograr “no pasarnos” cada mes del presupuesto. La preocupación extendida gira acerca de cuán solventes somos con nuestras cuentas tanto en este pequeño círculo circunstancial como en la estructura del discurso de gran parte de la ciudadanía de a pie en este país. De esta manera, el típico comentario tras la cordial pregunta de “¿cómo estás?”, suele ser un “ahí vamos”, o “vamos tirando”, o, la que más me gusta, “a ver si la cosa mejora”, que es como un “hago lo que puedo y a ver si alguien nos echa una mano”.

Es verdad que el pensamiento que más ha prendido ya últimamente en la sociedad española es el que ya se comienza a desligar de aquello del “viví por encima de mis posibilidades”, para acercarse a algo más parecido a “que los poderosos paguen la crisis que están provocando”. Pero lo que aún sigue instaurado en nuestro discurso público y, lo que es peor, también en nuestra intimidad, es una especie de síndrome de Estocolmo relacionado con los hábitos de consumo que suele funcionar como elementos de juicio social acerca de la solvencia y los “caprichos” personales que parece que nos preocupa mucho más que el expolio que llevamos años presenciando sobre los ya insuficientes servicios al bienestar que parecían más que asumidos.

Los manuales de psicología clínica suelen definir este archiconocido síndrome como una reacción psicológica que consiste en que una persona retenida contra su voluntad desarrolla una relación de complicidad y empatía con el agente responsable de la retención. El discurso que gira alrededor del derroche de las clases populares no es más que un mantra que secuestra nuestra consciencia acerca de las condiciones colectivas que obstaculizan el desarrollo personal y el acceso a los recursos, a veces hasta los de primera necesidad. En un país en el que el joven medio dedica entre el 47% y el 55% de su salario al pago de la vivienda, en el que el precio del gas, la electricidad y los alimentos ha aumentado considerablemente en los últimos años y en el que se pagan más impuestos que nunca (21% de IVA y otro tanto de IRPF), sentir la más mínima culpabilidad por ‘pasarnos’ un mes si dedicamos 30 euros no previstos a calzado es poco menos que un azote al orgullo y al amor propio. No olvidemos que el retrato del último presidente del Congreso de los Diputados costó más de 80.000€ públicos…

Somos más o menos jóvenes, no de esos de los que dicen que nunca han dado palo al agua, sino de esos otros que nos hemos ‘portado bien’, demasiado bien tal vez, de los que hemos estudiado y trabajado, de los que apenas acumulamos multas o de los que pocas veces le hemos levantado la voz a alguien. Somos de esos jóvenes que nos rifamos cualquier empleo por cada dos (en Canarias medio por cada dos), de esos que acumulamos títulos, idiomas y opiniones genuinas sin lugar en donde emplearlas. Somos jóvenes y no tan jóvenes con un horizonte más que difuso, casi invisible, que zozobramos a cada paso que queremos dar y que de una vez por todas tenemos ganas de dar un golpe en donde haga falta para ofrecer a la sociedad que nos ha hecho crecer lo que mejor hemos aprendido a hacer. Va siendo hora de espabilar, no sea que las canas, el miedo, la melancolía y exasperación consentida nos dejen sin ganas y nos venzan.

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Una respuesta a “Síndrome de Estocolmo

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