Canarias: siete islas expropiadas y una nación sometida

Ancor Mesa Méndez

@ancormesa

“Canarias fue la comunidad donde más creció la pobreza entre 2008 y 2011, un 21 %, casi el triple de lo que lo hizo en el conjunto de España (8 %)” Así reza la primera frase de una noticia que leí hace un tiempo en el diario La Provincia. La tasa de resgo de pobreza (el porcentaje de personas que viven en hogares cuya renta total equivalente está por debajo del umbral de pobreza), fue del 33,8% en 2011 y todo indica a que siguió subiendo en los dos siguientes años. La media estatal fue en este mismo año, en cambio, del 19%. Canarias, a su vez, contiene a la sociedad más desigual de España (junto con Andalucía y, ¡oh, sorpresa!, Madrid). Veintiuna familias ostentan el 8% del PIB, unos 42.000 millones de euros, mientras que tan solo el 0,2% de la población (4.000 personas) posee el 80% de la riqueza canaria. Hoy sabemos que la tasa de paro canaria alcanza ya el 35,12%. Si ya nos enteramos a principios de este mes que España era el país con mayor desigualdad de la eurozona, al sur del sur de Europa, la disparidad de oportunidades para acceder a los recursos es tan violenta que solo la fortaleza de las redes de solidaridad familiares y comunitarias y la extensión de la economía sumergida se subsistencia explica que no sea tan visible una situación social insostenible y dramática.

La desigualdad de la sociedad canaria es una tétrica caricatura de la realidad de un conjunto de naciones, España, en el que 30 familias se reparten la riqueza del país y tan solo tres acumulan más de 11.200 millones de euros. Según la revista Forbes, 10 de los 100 millonarios más ricos del mundo son españoles, resaltando que la media de edad estos se sitúa en 66,5 años y tan solo 9 personas tienen menos de 50 años, reflejándose también aquí la gran brecha intergeneracional que sufre este país. Prácticamente todas las fortunas son legadas y heredadas y su rasgo común es la internacionalización de del capital en Luxemburgo, Países Bajos y Suiza, fundamentalmente. Curiosamente, la familia Real española no sale en la lista porque, siguiendo los alegatos de la revista, la riqueza del monarca hoy por hoy sigue siendo una incógnita y lo seguirá siendo aún cuando se apruebe esa eufemística ‘ley de trasparencia’ de la que tanto hablan. La foto de la sociedad española, con atrezo tosco, es la de generaciones de latifundistas, inmobiliarios, banqueros e industriales herederos del franquismo que siguen dominando la esfera económica y política (recordemos que la crisis ha hecho que tan solo en el último año el número de ricos haya crecido un 13%), mientras la mayor parte de la población sobrevive en condiciones aún más precarias.

Esta desigualdad tan pronunciada ha sido una constante durante la historia de una España administrada por la Inquisición, el latifundismo, el centralismo, el fascismo y, recientemente, por el bipartidismo. Cada una de las naciones que se han ido conformando bajo las fronteras del Estado español ha emergido desde el resentimiento hacia un poder monopolizado por los de siempre, en cualquiera de sus formas, y cuyos diversos resultados coinciden en la exclusión y la represión de la diversidad y el sometimiento humano y territorial a los caprichos de muy, pero que muy pocos. En naciones tradicionalmente mediáticas como Euskadi y Catalunya estos fenómenos son claramente visibles y, durante el tiempo, se ha ido relacionando más directamente con la cuestión nacional, pero en otras como Extremadura, Andalucía, Asturias, Aragón, Galicia, Canarias, etc., con pocos minutos en los telediarios, sus dramáticas situaciones sociales suelen ser olvidadas y la relación con su identificación como comunidad nacional parece tenue. Pero la exclusión constante y la represión recurrida de la diversidad la hemos sufrido todas.

Curiosamente estoy recurriendo a la cuestión nacional yo, que jamás me he definido como nacionalista (y creo que así seguirá siendo), al menos en el típico sentido del término: aquella persona que persigue la primacía de los rasgos nacionales por encima de todas las cosas, o aquella que busca constantemente las raíces y esencias de lo nacional para explicarse el mundo, o simplemente aquella a la que le gusten en exceso las banderas. Creo que, según una circunstancia u otra, podemos dar explicaciones marxistas, foucaultianas, históricas, financieras, feministas, etc., tanto como nacionalistas, sin tener que vivir con el ‘san martín’ de pertenecer a aquella o a la otra cuadrilla. Bajo mi punto de vista, la fatal evolución histórica (aunque en su mayor parte ha sido más bien involución) de los pueblos, comarcas y ciudades españolas ha conformado naciones de ciudadanos excluidos de los recursos y círculos centrales del poder.

Al margen de una Administración que se parece cada vez más a un Estado fallido, la legitimidad social reside, a cada año de crisis aún más, en las redes de solidaridad locales y en las empatías comunitarias. Canarias, como la mayor parte de las naciones del sur y de no tan al sur de España (y, por qué no, de Europa y ya no digamos África), comparten sociedades en las que muy pocos controlan casi todo y la mayor parte de la población vive con el complejo de pintar muy poco. Somos naciones de desdicha, compañeras de resentimiento y de padecimiento, naciones que buscamos acabar con la expropiación de nuestro trabajo y nuestros recursos, con la tiranía de la corrupción política y el sometimiento de la diversidad; naciones hermanas, personas humildes, compañeros honestos y ciudadanos hasta el gorro. Y ya va siendo hora de que nos pongamos de acuerdo y que nos levantemos. Por favor, que no sigan ganando los de siempre.

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