The Wire o el juego de nunca acabar.

The_Wire

Hace unas semanas que acabé de ver la serie de mi verano de este año: The Wire. Cinco temporadas de auténtico cine negro de inicios del siglo XXI. Como su título insinúa, su guion trata de desplegar el hilo que conecta las distintas dimensiones del poder y la consecuente pauperización de la ética ciudadana en la sociedad occidental contemporánea encarnada por la ciudad de Baltimore. Los diversos protagonistas de la serie están encabezados por Jimmy McNulty, un detective del departamento de policía de la ciudad, ‘más bien’ anarquista, de origen irlandés y con una frenética afición al whiskey, la promiscuidad heterosexual y la autodestrucción. También está Omar, su ‘álter ego‘ del West Side, un pistolero ácrata, monógamo homosexual, negro y curtido en las calles, cuya ‘profesión’ consiste en robar a los grandes traficantes de droga de B-more. Estos son mis personajes fetiche, pero mención especial también merecen Lester Freamon, un veterano detective, aficionado al mobiliario en miniatura, experto en escuchas telefónicas y en regatear el orden de mando policial; ‘Stringer’ Bell, Avon Barksdale y Marlo Stanfield, los despiadados mafiosos surgidos de las miserables calles del lado oeste de la ciudad; y ‘Bubbles’, un yonky que sobrevive a la intemperie en una jungla ciudadana con un lugar muy oscuro para gente como él. Tampoco hay que perder de vista a otros como el paradigma del político soñador que trata de escalar en un sistema intrínsecamente corrompido, Tommy Carcetti; o el lider sindicalista, Frank Sobotka, que trata de mantener a flote el estatus de los trabajadores de los puertos, colaborando con los importadores de drogas y esclavos, en un contexto de crisis productiva de la gran industria estadounidense.

Sin duda, el mayor activo que tiene la serie, a parte de una fotografía y ambientación de un exquisito costumbrismo, es la capacidad que tiene para desplegar un genial guión que relata la crisis de una sociedad, a través de un profundo trabajo sobre sus protagonistas. La expresión que se repite una y otra vez en los diálogos es the game. El juego es la metáfora que explica el comportamiento en las coyunturas que plantean los capítulos. Como en toda novela negra, y como en cualquier juego, la ética no se distribuye solo entre el bien y el mal y la principal inquietud no radica en saber quién es bueno y quién es malo, sino en entender la supervivencia y el límite de la convencionalidad. En efecto, la serie está llena de bondad y de maldad pero, para comprender a sus protagonistas, resulta inútil tratar de situarlos en uno o en otro polo del ‘orden maniqueo’. En un entorno social de depredación entre la mafia, la burocracia, los servicios públicos, la clase política y los medios masivos de comunicación bregan su particular ética, el resultado se convierte en un intercambio necesario que alimenta y expande la dominación de los privilegiados. La ética del día a día urbano se elabora sobre la subsistencia que plantea un sistema social zozobrante y en decadencia.

The Wire cuenta el (des)orden de las sociedades occidentales contemporáneas en crisis, las múltiples dimensiones del poder en un juego orbicular que hace girar su devenir alrededor del dominio de unas clases necesariamente corrompidas e inmanentemente violentas sobre otras estructuralmente indefensas y fácilmente corrompibles. Un juego que desecha personas pero recluta experiencia y control. Un juego que se expande tratando de ocupar todas las dimensiones de la cotidianidad y la eventualidad. Un ‘sistema’ de relaciones que centrifuga cadáveres anónimos y centripeta lealtades perversas, condenadas a la traición en cuanto se presente la oportunidad. Un juego donde la justicia moral solo emana de la resistencia de personas marcadas por las cicatrices de la derrota… La vida misma cuando dejamos a un lado los escrúpulos maniqueos de la moral de escaparate.

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