Cataluña, no nos dejes solos (por Isaac Rosa)

Digan lo que digan nuestras élites políticas, Catalunya es tan nación, como lo es Canarias, Andalucía, Asturias, Euskadi, las Castillas o, incluso, por qué no, Valencia, Aragón, Baleares, etc. Hay muchas Comunidades Autónomas actuales que lo son, y otras naciones que precisamente han sido divididas en este sistema “fronterizo” de denominaciones. La historia de toda España se caracteriza por la represión, el latifundismo, la explotación obrera y campesina, el desprecio hacia las culturas periféricas, la profunda desigualdad social y el centralismo, en su sentido geográfico y, sobre todo, en cuanto a la acumulación de poder alrededor de las mismas familias de siempre. Todos hemos sufrido un doble movimiento excluyente: procedente de un modelo de estado-nación cada vez más caduco y de una cultura burguesa y arsitocrática que fomenta la competitividad mientras mutila la capacidad de expresión ciudadana. A lo que la mayoría de muchos de mis buenos amigos independentistas catalanes llaman España como un todo homogéneo que empieza poco más allá del Ebro, es más bien un conjunto de naciones, clases sociales, grupos culturales, etc. que poco y mucho tienen que ver, incluyendo Catalunya hasta la fecha en la que los catalanes decidan que no siga siendo así. Para los confederalistas y demócratas como yo, el proceso independentista nos está suponiendo una gran desilusión. Por una parte porque quien escribe, un periférico que creció siendo culé, soñó con vivir en Barcelona y defendió cuanto pudo las diversas causas catalanas como mis iguales y mis hermanos, ahora sentimos esto casi como una traición. Por otra parte, porque el patriotismo siempre nos fue síntoma de sospecha. Sospecha de que muchísimas injusticias se están amagando bajo la sombra de la Estelada. Sirva como ejemplo CiU, al que muchas catalanas y catalanes siguen otorgando un papel valorable. El partido de gobierno que, conjuntamente con la mayoría del arco parlamentario catalán, ha provocado un expolio infinitamente más relevante del que canarios y extremeños dicen que llevamos a cabo con estas tierras del norte, hoy en día, se llena la boca de palabras sin contenido, banderas y xenofobia para salvar el culo de la decadencia en la que está cayendo la política institucional no solo en Catalunya y España, sino en toda Europa, y especialmente en el Sur. CIU es una vergüenza para el nuevo país que pretenden construir, son parte del problema y no ser vistos como tal demuestra cuánto se está barriendo bajo la Estelada. Solo deseo (aunque dudo mucho que así sea) que ojalá llegue todo a buen puerto para todos. Sobre todo, para los que solemos comernos poco más que los residuos. Para ejemplificar esto, me gustaría compartir un artículo del escritor Isaac Rosa que publicó hace un año en ElDiario.es… su título es más que elocuente.

Si la integridad territorial de España dependiera de los argumentos con que la derecha política y mediática descarta estos días la independencia de Cataluña, ya podrían los catalanes independentistas enfriar el cava porque sería cuestión de días. Hay que ver la birria de razones con que quieren convencernos de que una Cataluña independiente es imposible por inviable.

Argumentos sentimentaloides del tipo “Cataluña no es nada sin España” ni los tengo en cuenta, porque recuerdan al “no puedo vivir sin ti” que precede a toda separación, y que dura tanto como tarda uno en darse cuenta de que no sólo puede vivir sin su ex, sino mucho mejor.

Luego están los argumentos ‘expulsivos’: un Estado catalán se quedaría fuera de la Unión Europea, del euro, de la OTAN, y hasta de la liga de fútbol. En cuanto al euro, ya veremos si no somos nosotros los que acabamos fuera de Europa y del euro, bien porque nos echen, bien porque se venga abajo el invento europeo. Lo de no poder pertenecer a la OTAN, muchos correríamos a preguntar dónde hay que firmar, y así están desde siempre algunos países, incluso en Europa. Y en cuanto a la liga de fútbol, es un negocio antes que un deporte, y ya lo apañarían.

Y por último están los argumentos ‘ruinosos’: Cataluña no sería viable como Estado en un momento como este, de grave crisis económica europea, española y también catalana, y se hundiría sin remedio. Se olvidan de que los nuevos Estados suelen nacer de los escombros, tras guerras y secesiones dramáticas, y sobre esos escombros (que a menudo son literales, de país destrozado) levantan el nuevo Estado.

En definitiva: que si Cataluña sigue o no siendo parte de España no dependerá ni del euro, ni de la crisis ni de jugar la Copa del Rey, sino de que los catalanes quieran continuar siendo miembros del club hispánico. Vale, están también los argumentos de fuerza: suspender la autonomía y mandar el ejército, pero como ahí se acaba toda posibilidad de discusión, ni lo considero.

Por mucho que les pese a algunos, Cataluña será lo que los catalanes quieran. ¿Y el resto de españoles? ¿Qué queremos? Yo hablo por mí, y por otros que sé que piensan como yo. Y mi postura es casi suplicante: ¡amigos catalanes, no os vayáis, no nos dejéis solos! Frente a la chulería con la que algunos comentaristas despachan las aspiraciones catalanas con un “déjalos, que se vayan, que ya se arrepentirán”, yo prefiero no tentar la suerte y les pido: no os vayáis, no nos dejéis solos.

Porque si para algunos es impensable una España sin Cataluña, yo tengo suficiente imaginación para hacerme a la idea, y me aterra una España sin Cataluña (y sin Euskadi, que en tal caso no se quedaría atrás). ¿Se lo imaginan, una España sin las variaciones vasca y catalana, una España reconcentrada en su castellanidad?

En una España sin catalanes ni vascos, los que quedásemos tocaríamos a más en todo, por ser menos para repartir: nos tocaría por cabeza más rescate, más modelo productivo fracasado, más monarquía, más bipartidismo, más santa Transición, más conferencia episcopal, más jueces carcas, más contrarreforma educativa, más facherío sociológico, más prensa cavernícola, más Academia de la Historia, más banca tóxica, más poder económico dominante, más corrupción; más de todo per cápita. Sí, ya sé que también en Cataluña hay crisis, derecha rancia, obispos, corrupción y gran capital, pero sospecho que en el reparto del ajuar común saldríamos perdiendo los que estamos a este lado del Ebro; y lo mismo valdría para Euskadi.

Sería además una España herida, humillada, lo que hincharía aún más el nacionalismo español -que también existe aunque los que se dicen antinacionalistas nunca lo reconozcan-; ese mismo nacionalismo que con sus hechos y sus palabras es desde hace años el mayor fabricante de separatistas en Cataluña y Euskadi.

Asumo que en Cataluña hay un número importante de independentistas convencidos que querrían llegar hasta el final –y entre ellos no figura Mas, que está a otra cosa, ni tampoco CiU-. Pero estoy seguro de que la mayoría de catalanes no quiere salir de España: quiere salir de esta España, que no es lo mismo. Pero es que de esta España somos muchos los que queremos salir, sin tener la posibilidad de independizarnos. De esta España fallida, donde no queda ya institución que no esté en crisis, y donde caminamos con paso firme hacia el agujero.

Por eso digo: amigos catalanes, no os vayáis, no nos dejéis solos, quedaos con nosotros y cambiemos juntos esta España, construyamos otra donde ni vosotros ni los demás nos sintamos incómodos, una España que tenga futuro y en la que no tengamos más motivos para temer o avergonzarnos de los que tienen los habitantes de otros países. Una España que ya no podrá ser monárquica, ni tampoco autonómica, porque el proyecto de la Transición hace agua por demasiados sitios. República, federal, son palabras que todavía imponen; pero más nos valdría tomarnos en serio esa incomodidad de catalanes y vascos y de tantos españoles, y apostar por salir de la crisis desechando todo lo fallido para construir de nuevo, antes de que se nos caiga encima.

*Para leer el artículo en su página original, pinchar aquí.

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