Feliz 11 de septiembre

periodistadigital.com

Hoy, 11 de septiembre, se celebra la Diada Nacional de Catalunya. Para los no iniciados en la efeméride que le corresponde, se “celebra” la derrota definitiva de la ciudad de Barcelona en 1714, durante la Guerra de Sucesión Española que supuso la pérdida de las instituciones gubernativas catalanas, además de la humillación pública de quienes apoyaron al Rey perdedor. Para el resto de pueblos de España también provocó la fundación de un Estado (borbónico) centralista y aún más latifundista y represor, algo que escasamente se explica en la Historia de España que se imparte en el bachillerato. Como en Canarias, que sufrió un auténtico genocidio hace más de 500 años y ha padecido permanentemente el menosprecio (hasta propio) de sus culturas autóctonas, su día nacional conmemora una derrota porque es justo el momento en el que se funda el resentimiento y la resistencia del pueblo hacia un poder impuesto que obstaculiza el desarrollo de la autogestión y el derecho ciudadano a decidirlo todo acerca del entorno político en el que vive.

Sin embargo, en Catalunya, desde hace un año, la reivindicación nacional ha entrado en una espiral, bajo mi punto de vista, delirante. Sin tener en cuenta excepciones tan minoritarias que no suelen discutirse en la palestra más mediática, la forma en la que se extendido la exaltación independentista catalana se parece mucho al enamoramiento madrileño por su “sueño olímpico”. Como ya he comentado en algunas ocasiones, incluida este blog, en menos de lo que dura un trimestre escolar, la aspiración por fundar un nuevo Estado en el Mundo con sus fronteras, su bandera, su himno, sus selecciones deportivas, su presidente, su policía y hasta su ejército pasó de ser una idea de determinados grupos políticos y ciudadanos a formar parte del ideario más institucional y del discurso políticamente más correcto. Sin duda, nos encontramos ante una auténtica crisis, si no derrota ya, de la legitimidad constitucional. Pero que está siendo aprovechada por (todas) las élites políticas, mediáticas y empresariales catalanas para re-legitimar su papel en esta caída de un régimen (el de la Transición) heredero de la mediocridad, el autoritarismo, clientelismo y la corrupción fascista.

En la vertiente en la que lo situamos dentro de la dinámica decadente de esta “democracia” insuficiente, confieso que siento cierta simpatía con el proceso que viven los ciudadanos de Catalunya. Desde luego, la Historia de España, al menos si arrancamos en la modernidad, salvo minúsculas excepciones (1873, 1931, 1936), es un compendio de innumerables injusticias y derrotas populares. España, hoy en día, es el resultado de una larga trayectoria de ausencia de libertades, opresiones a las clases obreras y campesinas, obstáculos a la diversidad, profunda desigualdad social, colonialismos e integrismo religioso. Las naciones, clases sociales, culturas, etc. que componen este país son producto precisamente de las reacciones que se cuecen en el seno de la injusticia social. Por ello, todos los territorios, entendidos como la mayor parte de los ciudadanos que comparten condicionantes colectivos, padecen en la misma medida, aunque no de la misma forma, las consecuencias de un status quo heredero de tantas derrotas ciudadanas. No es más especial, descontando el eco mediático que siempre le acompaña, Catalunya que Canarias, Euskadi, Extremadura, Asturias, Andalucía, las Castillas, Aragón, Valencia, etc. Todos estos conjuntos de ciudadanos tratan de sobrevivir en la misma medida con injustas desigualdades sociales, políticos corruptos, caciques, clientelistas, usureros, lamentables dirigentes, burocracias ineficientes, menosprecios culturales, etc. No sé si la solución pasa por romper nuestros lazos, pero sí creo que ayudaría mucho más estrechándolos como un frente nuevo y más fuerte contra la tiranía y la mediocridad de este régimen trasnochado.

Entre toda la literatura independentista, con/federalista o centralista que he leído últimamente (confieso que la mayoría sirven para poco más que para ‘matar el tiempo’), sí que me gustaría resaltar gratamente y recomendar un artículo de Jordi Bonet: De la Catalunya comparsa al procès constituent. Si el grueso de las cosas que se dicen sobre lo que está sucediendo en Catalunya versan sobre banderas, estados, cadenas humanas y sobre qué liga debería jugar el Barça, el artículo del Dr. Bonet trata de abordar, por una parte, la naturaleza ciudadana para decidir(lo) todo y la instrumentalización que las élites catalanas quieren llevar a cabo para saltar del barco y seguir capitaneando uno nuevo a imagen y semejanza del de su ‘padre’. Y, por otra parte, más interesante aún, la necesidad de repensar las relaciones entre todos y entre todo, en un contexto de crisis global de las identidades tradicionales. Los sujetos han cambiado, cambian y cambiarán aún más velozmente sus maneras de ser y de asociarse y, por tanto, sus símbolos y sus costumbres también. No parece inteligente dedicarse a pensar en modelos de pasaporte, cuando todo indica que, de una manera o de otra, esa clase de fronteras cada vez es más anacrónica. Y tampoco lo parece excusarse en no sé qué representatividad y menos aún en una Constitución diseñada como un menú, bajo unas condiciones de desigualdad y una ausencia de participación ciudadana inconmensurables, cuando hay tanta hambre popular por pronunciarse y tanta gente mucho más preparada que estos jerifaltes excluida de este sistema.

Lo que me gustaría (pero que no espero) es que este 11 de septiembre y, aún más, el resto de días del año, sirvieran para golpear en el meollo del problema que nos ha llevado al peor escenario de la historia reciente de este país, que no es otro que la desigualdad social, la corrupción institucional y la ausencia de derechos democráticos ciudadanos. Lamentablemente, lo que hoy quedará para la memoria, y lo que es peor, en la agenda política, serán un montón de banderas, comentarios que mean fuera del cacharro, xenofobia, discursos rimbombantes pero de contenidos embriagadores, repartos fiscales y muchísimo gatopardismo. Y es que en la vía catalana, así como en la del resto de naciones, clases sociales y condiciones culturales de España, en el camino hacia la libertad para decidir cómo vivir y relacionarnos justamente, hacen falta menos cadenas humanas y más, pero que mucho más debate, información, unión y solidaridad. No vaya a ser que ganen los de siempre…

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