Política de la parte por el todo

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Una de las prácticas más diversas que nos podemos encontrar en el mundo de la cotidianidad urbana es la gastronomía. Generalmente las ciudades están configuradas por personas de diversas procedencias y con árboles genealógicos particulares. Además, en las ciudades, las personas se dedican a una gran cantidad de actividades, con horarios y manías diversas. Esto suele dar como resultado un amplio abanico de maneras de alimentarse. Una de las gastronomías que más llaman la atención a un isleño como yo es la dieta vegetariana, es decir, no comer carne y/o derivados animales. Hay muchas clases de vegetarianos y, sobre todo, múltiples razones para serlo. A grosso modo, hay dos clases debido a sus razones: los que no comen carne por gusto y los que no lo hacen por principios morales.

Me centraré en la segunda clase, ya que la primera tiene mucho más misterio. Los vegetarianos de principios, tienen razones legítimas, aunque son un buen ejemplo del consumo político de la parte por el todo. Pero el objeto de mi inquietud son los veganos, aquellos que consideran que la explotación animal y el hecho de comer algo que derive de ella es equivalente al esclavismo y al canibalismo. Esta postura solo tiene dos respuestas hacia quienes sí que se alimentan de esta clase de productos: el odio o la condescendencia.

El compromiso político sinecdótico, aquel que convierte una preocupación sobre una inquietud ética concreta en la razón de ser del ser humano en sociedad, suele desarrollar un ala fundamentalista, de la misma manera en la que sucede con el veganismo. La igualdad animal y el antiespecismo, al margen de que se desentiendan de la diversidad natural y de la disputa y simbiosis entre especies por la supervivencia, tiende a dictar que la persona que consuma otros animales está equivocada, cometen continuos crímenes y, o no lo saben o no les importa. En cualquier caso, cabe odiarlas o tener pena de ellas.

La política de la parte por el todo, a modo de sinécdoque identitaria, considera que lo que ha de ser defendido son las banderas por encima de los derechos humanos, unas siglas antes que la libertad, un lider por encima de una relación, o una marca antes que una fábrica. También el consumo ciudadano o no de productos derivados de animales es puesto en el juicio cotidiano por encima de la explotación insostenible de los recursos naturales o la desigualdad en el reparto de la riqueza social y el acceso a la gastronomía. Pero, por supuesto, y mucho más relevante, llevar al extremo, al plano de la intransigencia, la acción de sustituir las razones que originan los problemas por alguna de sus expresiones produce credos que excluyen la exuberancia de la vida social y natural, invitando a los límites, al recelo, la caridad y a tratar de explicar que la causa de una violación pueda estar en la minifalda.

 

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