Un sádico en la Moncloa (por Juan Carlos Escudier)

Juan Carlos Escudier publicó hace unos días en el diario Público un artículo muy simpático que me gustaría compartir. Me ha hecho reír y enfadarme un poco más, posiblemente nuestra típica sensación al ver, leer y escuchar noticias, desde hace unos años ya. Pues eso, una dosis comprimida de lo que ya nos sabemos de memoria… pero a ritmo de sátira.

La Vanguardia

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Después de que nuestras lumbreras económicas de cabecera nos explicaran el viernes cómo agonizaremos en los próximos años, y de que el presidente confirmara ayer que el Gobierno se había puesto en lo peor sólo para inspirar confianza, tirios, troyanos y hasta algún macedonio que pasaba por allí se han puesto inusualmente de acuerdo en darle a Rajoy hasta en el cielo de la boca, aunque sin muchas esperanzas de que, finalmente, acabe cantando flamenco.

A Rajoy le teníamos por un indolente entregado a la molicie y se nos está revelando como un sádico de mucho cuidado, capaz de pedir paciencia a más de seis millones de parados y alabar a un tiempo el “pundonor y coraje” de sus ministros, gente que lo está pasando muy mal y que, si resiste, sólo es por su entrega al servicio público, al bien común y al coche oficial. El Gobierno, nos ha dicho el presidente, sabe adónde va, y eso ha desazonado mucho a izquierda y derecha porque la inmensa mayoría tiene por fin claro, adónde nos lleva este hombre.

Si no le hemos entendido mal, la estrategia del gallego es pintar un cuadro muy oscuro para que hasta la más minima cana de su barba resalte en el negro zaino y sea apreciada como un éxito inconmensurable. Así, el único objetivo visible que se plantea el Gobierno es demostrar que sus previsiones están equivocadas, algo que, de ocurrir, sería bien por casualidad, bien por la intercesión de la Virgen de Rocío, a la que la ministra Báñez se encomendó agarrada a sus varales para que las cifras del paro fueran buenas sin percatarse de que, fuera de temporada, la Blanca Paloma curra menos que el ángel de la guarda.

Según de Guindos, la prueba evidente de que el futuro es esperanzador tiene mucho que ver con el actual equilibrio de la balanza de pagos, algo que indicaría la próxima recuperación de la economía. No deja de ser una verdad a medias porque ello se ha producido a costa del hundimiento del consumo interno y de una caída generalizada de los salarios. Gracias a una devaluación interna sin precedentes, se exporta más, aunque ello podría cambiar rápidamente por la recesión a la que se ha abocado a Europa, el principal mercado de las ventas al exterior. Quizás confíe el ministro en que sean los emigrantes y sus remesas los que nos salven.

Ahora bien, el coraje ministerial es incuestionable. Por su país, el propio De Guindos permite que le cojan del cuello en las reuniones del Eurogrupo; Montoro ha dejado de decir aquello de “que caiga España que ya la levantaremos nosotros” y ahora anda centrado en la primera parte de la frase; Ana Mato ya distingue el Audi en el que se desplaza del Jaguar de su garaje, y tiene aborrecido el confeti de las fiestas infantiles; Gallardón está empeñado en reflotar Iberia a costa de que miles de mujeres vayan cada año a abortar a Londres; Báñez sabe que los 7 millones de parados están a su alcance y planea nuevas reformas para conseguirlo; Wert, ese toro bravo que se crece con el castigo, está a punto de acabar con el independentismo de tanto españolizar a los niños catalanes; y Arias Cañete, poniendo en riesgo su propia vida, se come los yogures caducados y se harta de duchas frías. Todo por España.

Ante tal despliegue de agallas, es normal que Rajoy no quiera prescindir de ninguno de ellos y que en su compañía se disponga a agotar la paciencia que nos pide, el único objetivo que ha superado con nota. Estamos muy dispuestos a aceptar que no sobra ningún ministro a cambio de que se nos reconozca que lo que falta es un presidente. Ya hay, incluso, quien ha empezado a añorar a Zapatero. No les digo más.

El artículo en su página original se puede consultar aquí.

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