El rastro inductivo de los videojuegos

Desde muy pequeño el juego ha sido el leitmotiv de buena parte de mi cotidianidad y los videojuegos especialmente, conforman todo un amplio apartado de muchos de los pequeños acontecimientos que he experimentado con mis amigos y amigas.

Nací en el año 1985. Por aquel entonces, gran parte del norte del mundo, especialmente Europa caminaba hacia cambios trascendentales, pocos años antes de que el muro de Berlín comenzara a resquebrajarse. España transitaba por una senda extraña que invitaba a la nueva juventud, tal vez perversamente, a mirar más hacia el futuro que hacia el pasado, y las Islas Canarias hacía pocos años que habían estrenado la oficialidad de una versión de su bandera tricolor. Entre estos cambios, como muchos otros por el estilo, cargados de incertidumbres, me crié rodeado de artefactos tecnológicos que invitaban a su exploración. Viví desde muy joven la creación de los tres primeros canales de televisión privada en España, el nacimiento de Internet y de los teléfonos móviles. Y, aunque ya me llevaban unos pocos años de adelanto, también crecieron conmigo los videojuegos. Llegué a tiempo para tener mi primera consola con siete años de edad, que también era la primera videoconsola portátil que se comercializó: la Game Boy de Nintendo, con mis primeros videojuegos: Super Mario Land 2 y Tetris.

mundoconectadodedoDurante los años anteriores también había tenido la oportunidad de echar alguna que otra partida a alguna videoconsola que los reyes magos habían regalado a los hermanos mayores de mis amigos. Pocos años después descubrí la computadora, un 386 del padre de un amigo que utilizábamos habitualmente para jugar durante largas horas en su casa. Con diez años ya éramos capaces de librar batallas estratégicas entre orcos y humanos, controlar ágilmente las habilidades de Mario y Sonic, hacer carreras de coches vertiginosas y gestionar clubes de fútbol, formar su cantera, fichar jugadores y marcar goles con ellos. Hacia los doce tuve mi primer ordenador en casa que me sirvió para amenizar numerosas tardes de soledad. Con los años, me he convertido en un fiel (aunque mediocre) aficionado a los videojuegos y a todo lo relacionado con la experiencia gráfica computada y el arte audiovisual.

Comparto, con la inmensa mayoría de jóvenes de mi generació, una historia de relación familiar con los avances tecnológicos en el ámbito de la información, la computación y los medios audiovisuales que tanto se señalan como las innovaciones más destacadas de las sociedades contemporáneas. Sin duda, gran parte de los grandes cambios sociales de hoy en día están relacionados con estos mecanismos, artefactos, plataformas y medios con los que interactuamos con los demás y con los principales contenidos y continentes de las nuevas expresiones artísticas y sociales. Fijar la atención sobre la evolución de los videojuegos y, sobre todo, sobre las formas en las que los usamos y los disfrutamos, es desgranar la acción social de hoy en día, de entender nuestra cotidianidad simultaneamente como una experiencia física y virtual. Nuestro reiterado recurso, para tratar de explicarnos nuestra realidad, a escenarios y personajes híbridos, que comparten características tecnológicas, materiales, presenciales y ausentes, es una invitación al análisis de nuestras prácticas humanas entendidas como un conglomerado de medios y agentes que han perdido su identidad tradicional para explorar nuevas categorías sin excrúpulo al cambio y a poner en jaque sus fronteras.

¡Dejémonos de prejuicios! Desde un videojuego, pero también desde lo que muchos llaman redes sociales virtuales (dígase Facebook, Twitter, etc.), podemos entender la insignificancia de las naciones en la relación cotidiana y la relevancia de los procesos identitarios voluntarios, los lenguajes combinados, la acción directa y el pensamiento estratégico colectivo. No perdamos de vista su evolución, no es mala pista para tratar de desengranar el futuro de nuestras sociedades y la construcción de nuevos (y ya no tanto) escenarios de interacción social que están sustentando muchos de los cambios más significativos de nuestra historia reciente.

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