Revolución y violencia (por Alejandro Moreno)

El revolucionario es un personaje que suele evocar la imagen de un defensor de los derechos humanos, que se enfrenta sin temor a la tiranía y a la injusticia. Sin embargo, en sí, el término revolución solo apela al cambio y al movimiento en términos de velocidad. Desde aquello que sucedió en Francia en 1789 pero, sobre todo, durante el siglo XX, la Revolución ha sido uno de los conceptos más utilizados para definir determinadas gobernabilidades en países como Cuba, China, Corea del Norte o los que formaban parte de la Unión Soviética, México y, más recientemente en Venezuela. Desde luego, no han sido gobiernos que se hayan caracterizado por dar muchas bienvenidas a los cambios, a pesar de sus innovaciones primeras. Además, no se puede asegurar que una persona autodeterminada revolucionaria, sin más, tenga por qué poseer la virtud del bien común. Un ejemplo muy ilustrativo para entender la perversidad de los buenos prejuicios que tiene este término es el juicio a la violencia como recurso. Comparto un artículo del Doctor Alejandro Moreno que me ha recomendado recientemente un amigo sobre un caso concreto en Venezuela.

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¿Tiene sentido pretender hacer una revolución pacífica con revolucionarios violentos?

Cuando uno se pone a investigar en serio, sin juicios previos ni hipótesis restrictivas, no sabe con lo que se va a encontrar y eso es bueno porque lo inesperado surge por su cuenta y se impone como descubrimiento. Serendipia, del inglés serendipity, llaman a eso. Estudiando la violencia en las mujeres, nos cayó un hombre revolucionario integral, profesional, radical de izquierda, en el que se realizan todos los significados que podemos hallar en la amplia literatura revolucionaria de los dos últimos siglos. En él la violencia más despiadada, fría y cruel se acopla perfectamente con la violencia como indispensable instrumento de la acción política revolucionaria. Dos vertientes de lo mismo y que aparecen fundidas e indiferenciadas en la conciencia y la acción del revolucionario. Crimen, delito y actividad política acaban por no distinguirse y mutuamente justificarse en la práctica concreta.

A su novia, comprometida con la revolución, la asesinan, después de torturarla, unos agentes policiales. Dice: “yo maté a uno pero eso sí fue lento. Le empecé a meter un tiro en la rodilla, después en la otra rodilla, después en el tobillo, después le amarré el alambre púa, lo amarré en una silla con alambre púa, le eché vinagre, después le metí una inyectadora, le partí la vena, ¡clic!, y lo dejé lentamente”. ¿Qué permite llegar a tal extremo en el que la justicia revolucionaria, si es que algo como eso puede llamarse justicia, se confunde con la más refinada crueldad y el disfrute individual en ella? Si hablo de disfrute es porque en otro caso similar él lo afirma mientras ríe: “lo maté con toda la saña del mundo (…) lo gocé, te puedo decir que lo gocé enormemente”.

Nuestro sujeto es sobre todo y claramente un caso extremo de asesino en cuya forma de vida se insertan la ideología y la acción revolucionaria de modo que ambas cosas acaban por no diferenciarse. Sin embargo, la manera que tiene de justificar sus delitos encaja perfectamente en lo que podemos leer en cualquier texto teórico: “Fíjate, primero al definir delincuencia, no todo lo que es ilegal es delincuencia, porque yo cuando financiaba el partido por unos ideales, para mí eso no es delincuencia, no es un acto delictivo aun cuando las leyes impidan robar; pero ya va, pana, si yo me robo una arepa, es un robo, pero ahí va el trasfondo: ¿por qué? Si yo lo hago para satisfacer mi ego es delincuencia, si yo lo hago para satisfacer necesidades de seres humanos que necesitan, no es un acto delictivo, es un acto revolucionario, es un acto de amor (…) Yo sé que mato pero yo lo hago por amor, porque hay veces que hay gente que hay que raspásela de una porque son demasiado viciosas dentro de esta sociedad”. Inmediatamente se reclama al Che. La referencia no es anodina. En los textos del Che y de cualquier teórico revolucionario clásico se puede encontrar abundancia de justificaciones semejantes. Ellas no son monopolio de las revoluciones de izquierda. Lo mismo podemos encontrar en las posiciones radicales de derecha. Revolución de cualquier signo es por definición anomia con respecto a las leyes, ética, costumbres y estructuras de la sociedad establecida. De aquí a la cruel violencia de nuestro personaje no hay sino una escala de grados no muy difícil de recorrer.

Para que el proyecto de revolución pacífica fuera realizable habría que dejar todo el viejo sistema de ideas al respecto. Habría que insertarse teórica y prácticamente en un post. ¿Postmarxismo? ¿Postmodernidad realista?

“No se sacan higos de las zarzas ni se cosecha uva de los espinos” (Lc. 6,44).

La página original se puede consultar aquí.

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