La España Salvaje (por Antonio Orejudo)

Nuestro problema (el de toda España) tiene un origen claro en la improductividad. Tenemos un oligarcanismo que tiene poco parangón en Europa, unos grandes empresarios regocijados, durante décadas, en un modelo extensivo, básicamente sustentado sobre la burbuja del ladrillo, sobre esa curiosa magia de convertir lo baldío en diamantes de madera pero recubiertos de un embriagador brillo a porcelanosa. El capital (o, mejor dicho, las personas acaudaladas), en las naciones españolas, se ha empeñado en dificultar el acceso al cotarro a aquellos que no conocen. Además tenemos aparatos políticos, administrativos y burocráticos claramente ineficientes y arcaicos, un Estado y veintisiete Comunidades mal inspirados y peor gestionados, sistemáticamente corrompidos y muy alejados de lo que podríamos entender por representativos o democráticos, según se prefiera. Todo un cóctel maloliente que no sabemos a dónde nos llevará. Más o menos esta es la “caricatura realista” de nuestro presente y del artículo del Doctor Antonio Orejudo que comparto para ayudar a enfocar mejor las sinrazones sociales, políticas y económicas que podemos leer, oír, ver y hasta presenciar en el día a día de un país descarrilado. La página original de El Diario, se puede consultar aquí.

El Roto

El Roto

Los llamados países de nuestro entorno intentan corregir la crueldad y la injusticia del capitalismo con una cierta protección al débil. No digo que en Europa sean más humanistas que en España, ojo. Son si acaso más refinados. Más astutos: protegen al débil porque el débil es siempre el consumidor. Y al consumidor hay que cebarlo bien, como a los cerdos, para que luego dé buenos jamones, es decir para que siga comprando.

La barbarie del capitalismo español es tan primitiva que aquí más que banqueros y grandes empresarios lo que hay son señores feudales, tipos poderosos tan seguros de su situación, tan seguros de que no van a perderla nunca, pase lo que pase, que ya no encuentran placer en la mera posesión de bienes. Necesitan además sentir. Sentir la bestialidad de su poder y el sometimiento servil de sus semejantes.

No importa que el empobrecimiento o la aniquilación de la clientela perjudique a la larga sus intereses. Este es un razonamiento postindustrial al que nuestros banqueros y grandes empresarios todavía no han llegado. Ellos se encuentran todavía en una etapa anterior, anal, previa a la modernidad. No sólo quieren el poder, todo el poder. Necesitan además ejercerlo, apretar el gatillo de sus decisiones y sentir en el hombro donde apoyan la culata el retroceso seco de su disparo.

Sólo así me explico por ejemplo la resistencia de los empresarios españoles a que sus empleados trabajen desde casa. Es evidente que el teletrabajo ahorraría costes, aumentaría el bienestar de los trabajadores y seguramente su productividad.

Pero no importa, el empresario español es refractario a las innovaciones laborales tipo Google, con futbolines y guarderías en la oficina. Y mira que estas mejoras son perversas… Pero nada. Ellos sienten una repugnancia irracional por el bienestar de sus asalariados. Al considerarlos enemigos, cualquier mejora de sus condiciones laborales la interpretan como una derrota y temen que sea leída por ellos como un síntoma de debilidad.

Al diablo con la productividad si el teletrabajo elimina el placer del sometimiento. Eso piensan. Nuestros banqueros y grandes empresarios son tan preindustriales que prefieren reducir sus beneficios antes que renunciar a sentirse dueños de las vidas laborales.

Sólo con esta explicación, a medio camino entre lo antropológico y lo psiquiátrico, me explico también la orgía de abusos a que nos someten todos los días las petroleras, las compañías de agua, las de seguros, las eléctricas y las de telefonía.

Sólo así me explico que una ley hipotecaria que estaba produciendo a la vista de todo el mundo situaciones de una crueldad extrema y un sufrimiento medieval incomprensible después del Holocausto, pueda haber estado vigente en España desde 1902, sin que el Gobierno del PPSOE haya movido en 30 años un solo dedo para proteger a los ciudadanos que lo votaron.

Porque si nuestros banqueros y grandes empresarios son los señores feudales de este país corrupto y medieval, el PPSOE es el ejército de cipayos encargado de protegerlos.

El bochornoso papelón del PPSOE en el asunto de las hipotecas ha certificado, por si cabía alguna duda, no el divorcio, sino la guerra entre este conglomerado político y económico por un lado y la mayoría de los ciudadanos por otro. Sencillamente, perseguimos metas distintas y tenemos intereses contrapuestos. Que se nos meta de una vez en la cabeza: nuestra supervivencia amenaza la suya. Y viceversa.

No es que el PPSOE nos represente más o nos represente menos. No es que los Rubalcaba o los Rajoy se olviden en el poder de las promesas que hicieron en la oposición. No es que mientan más o mientan menos. Todo eso son ya bagatelas.

La enmienda de Luxemburgo a la ley hipotecaria española sancionada por el PPSOE ha dejado bien claro que en España ha gobernado siempre una especie de PRI mexicano, un conglomerado ideológico que va de la derecha moderada a la extrema derecha y cuyo objetivo principal ha sido preservar los intereses de la banca y servirle de parapeto contra la ira de los ciudadanos.

Y ha dejado bien claro también que no podemos esperar nada del PPSOE, secuestrado por un hatajo de políticos mediocres, interesados, cobardes e impotentes. La única ayuda que podemos esperar es la que nos venga del exterior. Cuanto más lejos de los señores feudales estén los centros de decisión, más garantía de justicia tendremos.

Así que, pese a Draghi y a los demás, viva Europa.

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