El mismo barco, pero sin astrolabio

La semana pasada participé en el primer Congreso de Psicología Social Crítica, organizado por el Departamento de Psicología Social de la Universitat Autònoma de Barcelona, donde hace poco logré doctorarme. La verdad, me lo pasé muy divertido, sensación aparentemente histriónica para un Congreso, un evento cuyo nombre apela a la seriedad y, más habitualmente de lo aceptable, a lo aburrido, pero cuya razón de ser tiene más que ver con algo así como una especie de turismo académico. Académico, porque evidentemente es un espacio reservado a las personas relacionadas con la Universidad y la investigación; y turismo, porque hay un gran grueso de personas que acuden  desplazándose desde sus universidades residenciales, y la mayoría experimenta una especie de viaje epistemológico y festivo, fruto de la relación entre compañeros que hacían tiempo que no se veían, que se acaban de conocer, o que hablan en lenguajes, o con acentos, diferentes, y cuentan cosas hasta la fecha desconocidas o solo extrañas.

En este caso, me divertí mucho porque conocía a mucha gente pero, sobre todo, porque muchos temas o la manera de plantearlos me incitaron a participar en la conversación. He de confesar que esto me suele costar, pero probablemente la familiaridad del espacio ayudó. Hubo un título que me llamó la atención: “¿Qué (nos) está pasando en la Universidad?” Me inquietó especialmente la presencia de un pronombre en medio de esta pregunta tan vaga como vasta: ¿qué sucede en la Universidad para quién? Llegué tarde, pero entré al simposio. Tras la primera intervención que presencié me di cuenta que el quién estaba claro: el personal docente de departamentos de la mayoría de Ciencias Sociales, especialmente de psicología social. Lo que está sucediendo ya no estaba tan claro, pero sí que era visible que estaba relacionado con las condiciones laborales. Al parecer, se están estandarizando unas exigencias y un perfil profesional del docente muy relacionado con la rentabilidad de la producción científica de cada área. Además, también me dio la impresión de que las exigencias para conservar el puesto de trabajo tienen mucho que ver con una cierta manera de mirar a la Universidad como una institución dirigida por el vaivén de las tendencias de mercado y todo eso que ya más o menos sabemos. En todo caso, parece que se está pretendiendo adelgazar y precarizar la producción de conocimiento en general, pero particularmente en ciencias cuya aplicación mercantil no tiene tanto quorum. En definitiva, el simposio se convirtió en una especie de terapia de grupo, donde cada profesor contaba sus penas, sus frustraciones, las exageradas pérdidas o subiras de peso, dificultades salariales, sus estrategias para congeniar con los continuos conflictos ideológicos que les supone criticar un sistema del que no quieren (o no pueden) salir, y un largo etcétera de desencantos y situaciones paradójicas no deseables para un científico.

Yo, que me he formado en un oficio difícilmente desvinculable del ámbito universitario, ya hace tiempo que dejé de pensar en que lograré ejercerlo en España, y después de escuchar las batallas que mis compañeros mayores tratan de lidiar hoy en día, ni me apetece. Pero lo que me sorprendió fue que en las ponencias e intervenciones prácticamente no se pronunció la palabra alumno. Después de un eterno intercambio de deseperaciones, analgésicos, narcolépticos y tratamientos resignados, di un respingo cuando alguien llegó a plantear renunciar al trabajo como método de resistencia a las condiciones laborales y la lógica de producción de conocimiento que se está tratando de implementar desde hace tiempo, y especialmente con la aprobación de la LOU y la rúbrica de los procesos de convergencia universitaria europea (más conocido como plan Bolonia).

Hoy en día, miles de recién doctores como yo estamos deseando que muchos profesores renuncien a su trabajo para poder ocupar su puesto. Y lo que es peor, estamos dispuestos a hacerlo por condiciones mucho más precarias. Así que parece que no hay salida más que la devaluación del trabajo científico a no ser que, de una vez por todas (y así traté de transmitirlo en mi breve intervención casi al final del simposio), ese “nos” deje de referirse al colectivo del personal docente. Porque si “nos” pasara a ser toda la comunidad universitaria o, si se prefiere, de producción de conocimiento, con el foco puesto sobre el protagonista más vapuleado de la película: el alumnado, los planteamientos cambiarían radicalmente. ¿Cómo es posible que el oficio de profesor-investigador alcance el valor que parece merecer si en sus batallas olvidan sistemáticamente a la verdadera fuerza que da sentido a su oficio? y lo que es más grave, ¿cómo se pretende resistir o cambiar radicalmente un modelo que parece condenar la diversidad y que dificulta sustancialmente el acceso al conocimiento y la innovación pedagógica en tiempos en los que el alumnado, las nuevas generaciones aprendices, han desarrollado capacidades para aprender bajo metodologías heterogéneas, sin contar con su agencia? Me temo que la institución universitaria, la producción de conocimiento o, como se dice ahora, competencias, está condenada a su devaluación, precarización y, por su puesto, a su perversión, si no somos capaces de darnos cuenta que estamos en el mismo barco y podemos (y sabemos) mucho más que un ministro o veintisiente.
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