¿Cuándo?

¿Cómo hemos llegado a todo esto? Esta es la pregunta que todos tratamos de responder. ¿Cómo es que estamos camino de una situación política, social y económica similar a la que veíamos en los telediarios en referencia a los países que pertenecen a lo que muchos interlocutores trasnochados continúan llamando Tercer Mundo? La situación crítica que está viviendo España y Europa (sobre todo del Sur) recientemente está abriendo la caja de pandora del lado oscuro de nuestras banderas monocromos, tricolores, multicolores, rojigualdas, con barras, o con quince estrellas. Últimamente solemos oír, sin acostumbrarnos por ahora, noticias sobre sorprendentes gestiones nefastas e innumerables timos en el plano económico, brotes continuos de casos de corrupción política aquí y allá, con gaviotas, rosas, o símbolos autonómicos, sin prácticamente distinción. Desde hace tiempo ya, el sistema judicial español estaba bajo sospecha ciudadana, pero su eficacia se siente ya perdida debido a ciertos indultos escandalosos, procesos interesadamente eternos, corruptos no culpables, jueces expulsados de la carrera judicial por ir demasiado lejos en los métodos que autorizaron para demostrar la evidencia, presidentes del Consejo del Poder Judicial sin escrúpulos de gastos, y un largo etcétera de despropósitos que están haciendo crecer, sin cesar, un cabreo ciudadano monumental y una desconfianza crónica en todo lo que tiene relación con el poder y/o la dominación. Sobre todo, cuando nuestros Gobiernos no cesan en legislar y ejecutar medidas claramente ineficaces, en su mayoría escandalosas y algunas de ellas incomprensibles en política económica; restrictivas y represivas en cuanto a derechos; regresivas en lo educativo y lo social; y fraudulentas en la sanidad y en la fiscalidad.

Recientemente, cenando con unos amigos, uno de ellos lanzó unas preguntas que ya llevo unos meses escuchando. Creo que sus palabras más o menos fueron: “Veo noticias de burradas por todos lados, políticos corruptos e ineptos y no paran de sacarnos los ojos, ¿por qué no ocurre nada?, ¿por qué nadie se rebela?” Estas preguntas conllevaban unos toques de pesimismo y un puñado de zozobra. Entre los que formamos la gente de a pie (hay quienes nos llaman el 99%), crece y crece un ferviente deseo de un cambio radical, y no hace mucho que se disparó vertiginosamente este anhelo. Aunque hoy tenemos la sensación de que hemos cruzado el punto de inflexión de la indignación colectiva hace tiempo, recordemos que hace menos de dos años que aún pensábamos que esto era solo un bache. Y es precisamente el veloz ritmo en con el que se está impregnando nuestro país de desconfianza hacia lo que llaman “los políticos”, lo que no es más que la personificación del poder institucional en cada rincón de España, el fenómeno que nos hace preguntarnos, en lugar de “¿por qué no pasa nada?”, más bien, “¿cuándo comenzará el cambio?”

Durante las primeras décadas del siglo XX, especialmente durante los años veinte y treinta existían organizaciones populares, instituciones sindicales y partidos políticos que eran capaces de canalizar la voz de la clase obrera y de los campesinos, pero cerca de cuarenta años de dictadura franquista, alrededor de treinta de democracia insuficiente y veinte de construcción desigual de la Unión European después, las estructuras tradicionales de representación se presentan débiles, poco flexibles y, muchas de ellas, profundamente corrompidas. El amorfo movimiento ciudadano surgido a partir del quince de mayo de 2011 fue capaz de, si no de encender una revolución social, sí de mostrar, con cerca de un mes de detenida labor, el camino y las nuevas formas y vías de organización y comunicación, cuya institucionalización se parece más bien a una extitución. Es sobre la diversidad, sobre el valor de la conexión y el ingenio, la resistencia creativa o el debate sin complejos, la voz y el voto como única arma y el sentido común como método,… Es sobre estas nuevas maneras de entender las relaciones en lo político, donde se está sustentando el cambio de tendencias y son estas formas de ser y hacer desde las que, tarde o temprano, daremos un giro de quizás más de ciento ochenta grados en la manera en la que se organiza el poder en este país. Si hace más de un año y medio se evidenció el dislate de la relación entre las buenas ideas y las rancias maneras del dominio tradicional para tomarlas en cuenta (recordemos la manera en la que el Conseller catalán de Interior, Felip Puig, eligió para acercarse a los acampados), si el actual partido de gobierno en España parece no tener rival, o si su rival parece más bien un aliado, cuando no encontramos muchas plataformas en las que confiar, todo a punta en que este cambio no será pronto. Hacen falta discursos claros y horizontes alcanzables, pero sobre todo, es imprescindible canalizar la voz ciudadana, subvertir la toma de decisiones y no permitir que las buenas ideas sigan tapadas bajo el (no) saber hacer de la mediocridad política y mediática que domina cada cortijo este o aquel pueblo o nación de España.

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