Los tuertos

Calle de la Carrera del Escultor Estevez

El pasado mes de diciembre, en mi pueblo, La Orotava, se generó una polémica que sintetiza, a mi juicio, gran parte de las insuficiencias democráticas que están llevando a gran parte de los pueblos de España (al menos) al desconcierto político. Para muchos, esta polémica que trataré de resumir, puede parecer insignificante y hasta insulsa, pero detenidamente podemos ser capaces de identificar los principales rasgos de la insensatez que ha regido la política local de pueblos como el mío durante las últimas décadas. Desde luego, muchos de estos rasgos son también claramente visibles también en una infinidad de localidades canarias y más allá.

Vista del Valle de La Orotava coronado por El Teide

Mi pueblo tiene un casco histórico que es una de sus cartas de presentación más atractivas para el visitante y motivo de orgullo para la mayoría de los villeros. Muchos de sus inmuebles se conservan desde hace más de varios siglos, algunos son incluso considerados joyas de la arquitectura canaria. Sus calles suelen albergar las principales tradiciones locales y son ruta obligada del turista que visita la isla de Tenerife. A pesar de que su perímetro lleva también décadas dotándose de edificios cuyas magnitudes y estéticas van acorde con el tamaño de la burbuja inmobiliaria que ya lleva unos años desinflándose, el Casco conserva un aire de otra época. El verano pasado el Ayuntamiento, gobernado por un alcalde de 78 años, apoltronado en el puesto desde hace casi treinta años, y acusado de corrupto, decidió que sería conveniente cortar al tráfico indefinidamente su calle principal: Carrera del Escultor Estévez. Puso una valla amarilla y se dispuso para, cual experimento urbano o más bien entretenimiento con el ciudadano, ver qué pasaba. Siete meses después, decidió volverla abrir al tráfico rodado, después de las protestas de muchos comerciantes de la zona, afectados por el descenso en ventas.

Macro centros comerciales en el municipio

La controversia sobre la pertinencia del cierre al tráfico de esta calle se avivó desde el mismo momento en el que se tomó la primera decisión y la crispación se elevó a partir de la segunda. No obstante, por una parte, el descenso de las ventas, la pérdida de poder adquisitivo y el cierre de los comercios, lleva ya algunos años acelerándose a un ritmo cada vez más veloz. Por otra parte, la movilidad en el municipio es un asunto irresuelto desde hace décadas, con una orografía difícil y un transporte público vergonzoso. Y, por ambas, durante estas tres décadas de régimen esperpéntico de Coalición Canaria en el Ayuntamiento, jamás se ha diseñado ninguna clase de plan para incentivar el comercio local, ni iniciativa alguna por establecer un servicio público de transporte eficiente y asequible, ni ninguna propuesta para rentabilizar y socializar el rédito del potencial económico y turístico de tanto el entorno urbano, como rural y natural del municipio y la comarca. En cambio, las acciones más resaltables de esta Corporación tienen más que ver con la construcción de dos macro centros comerciales que ya sabíamos que acabaría con el comercio de los pueblos de su entorno, un plan de ordenación urbana que pretendía doblar la población acabando con el valor rural de unas de las tierras más fértiles de Canarias, tratar de construir una vía diagonal de tráfico rodado que deterioraría gran parte del casco histórico, el derribo de uno de los dos teatros del pueblo, la inauguración de una micro Universidad privada económicamente a la ciudadanía orotavense, la intención de urbanizar El Rincón, y un largo etcétera de disparates.

La cuestión, bajo mi punto de vista, no es si se debe o no cerrar una calle, ni cuántas decisiones estúpidas se han tomado o pretendido (paradas por la acción judicial o ciudadana), ni por qué tantos ciudadanos han seguido confiando en estos tuertos. El interrogante más interesante es por qué las decisiones son una exclusiva de un grupo concreto con carta blanca de cuatro en cuatro años. Miles de villeras y villeros serían capaces de dar soluciones interesantes e infinitamente más coherentes de las que han aportado hasta ahora los concejales gobernantes y la muchos de los opositores a la mayoría de las deficiencias del municipio. En cambio, el monopolio de los debates lo ostentan 21 miembros del Pleno municipal y las decisiones, poco más de la mitad. Cosas de la democracia insuficiente y anacrónica: los tuertos dominan, creando cada vez más ciegos, excluyendo a los tan solo bizcos y despreciando las visiones más genuinas.

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