Cambios

Durante los últimos siete años he estudiado en la Universitat Autónoma de Barcelona. Recuerdo que hubieron muchas cosas que me sorprendieron al llegar al Campus, procedente de una Facultad de Sociología, en la Universidad de La Laguna, que ocupaba un piso del edificio en el que, mayoritariamente, se daban clases de Derecho. Algunas de las cosas que me llamaron la atención fueron las pintas de los alumnos y la de los profesores, la diversidad de idiomas que se hablaba en el césped y en sus aulas, la cantidad de aulas de informática y, por supuesto, el constante olor a tabaco y marihuana que se solía respirar en sus pasillos y, especialmente en las cafeterías. El bar de la plaça cívica estaba constantemente lleno de humo y, singularmente, en los meses de invierno, aquello parecía una discoteca sin música (de la época del free smoke). Cuando aprobaron la primera ley anti-tabaco, recuerdo haber pensado: “por mucha ley que aprueben, aquí en la Universidad será imposible”. Hoy es muy poco probable encontrarse a alguien fumando en los pasillos y hasta en la cafetería. Y para que este cambio ocurriera, no fue necesaria la presencia de ningún policía, ni la imposición de sanciones de ningún tipo, ni muchos carteles, ni tan siquiera la existencia de algún grupo anti-humo. Parece como si esa ley, poco a poco, funcionara sola.

Sin duda, este dato forma parte de esos intereses que la Psicología Social no debiera despistar. ¿Cómo es posible cambiar nuestros comportamientos y pareceres más rutinarios cuando ningún aparato represivo claro nos obliga o nos alienta? Desde luego, como a la hora de conducir un coche, la existencia de normas no basta. Los habitantes de la Universitat Autònoma de Barcelona no dejaron de humear la cafetería por la simple aprobación de una ley anti-tabaco. Por analogía, la existencia de la propiedad intelectual y de las numerosas campañas publicitarias y legislativas en contra del intercambio no autorizado de datos digitales, no impedirá su crecimiento y normalización. Tampoco una gran proporción de catalanas y catalanes que recién celebraron la Eurocopa de la Selección española de fútbol, o las medallas de los Juegos Olímpicos, no pasaron a declararse independentistas ni por una manifestación, ni por el aliento de un President que ha gestionado nefastamente Catalunya. Y mucho menos, la ciudadanía española ha dejado de confiar en las instituciones del país, en los políticos que las ocupan y los medios de comunicación y las clases dominantes que las exhortan porque disponga de mucho menos dinero en unos bancos de dudosa calificación.

Si durante las últimas décadas del siglo pasado el humo dominaba los espacios cerrados y los platós de televisión, las industrias del cine y la música acumulaba capitales alrededor de unas pocas corporaciones vendiendo discos, VHS, DVDs,… Si en el año 1992 l’Estadi Lluís Companys ovacionaba la entrada triunfal del príncipe Felipe como abanderado del equipo olímpico español. Y si en aquellos tiempos, cada 6 de diciembre era la fiesta de la Constitución, hoy, a pocas semanas de acabar el 2012 (y hasta el Mundo según Mel Gibson), todo esto suena a blanco y negro. Recientemente, el barómetro del CIS de noviembre ya destaca que hay una inmensa mayoría de personas en España que creen insuficiente el actual modelo democrático diseñado a partir de 1978 y más de la mitad no están satisfechas con la Constitución aprobada ese mismo año. Desde luego, cambios como estos, veloces, pero contundentes, no tienen su origen simplemente en uno, dos o veinte eventos concretos, ni en una lista ingeniosa de nuevas normas. Tal vez, cuando comienzan a haber razones, circunstancias, sensaciones, ganas, palabras y aparatos para cambiar, solo un empujoncito basta para dudar de la legitimidad y el decoro de lo normal, deseando nuevos escenarios donde actuar. Veremos en qué quedará la olla que hirvió el 15 de mayo de 2011 y que parece que, no muchos meses después, ya ha comenzado a pitar.

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