La fantasía nacionalista del PP (por Miguel Ángel Sanz Loroño)

La historia de las naciones no es una sino múltiples, son enrevesadas e inciertas. Son raras y plagadas de injusticias. Pero, sobre todo, no son ciertas. Es decir, al igual que los testamentos, no hacen referencia a certezas terrenales y mundanas, sino a enunciados impositivos. Las historias nacionales clasifican a las personas y desestiman las diferencias. Su perversidad reside, entre otras razones, en la capacidad de reducir el mundo a unos cuantos misterios, mitos y, por qué no decirlo, horteradas. Son profundamente pretenciosas y cargadas de desatinos.
Para contar un poco mejor esto, me gustaría compartir un artículo del jóven investigador del Departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, Miguel Ángel Sanz Loroño. El un texto desgrana mucho de los trucos que los nacionalismos más o menos tradicionales usan sobre la mítica de las banderas para embarcar colectivos en viles o bienintencionados proyectos de construcción identitaria. La página original se puede consultar aquí.
roto-nacionalismos

Los dos mil años de solera que Esperanza Aguirre atribuyó el pasado mes de octubre a España parecen pocos para lo que el nacionalismo español suele considerar como un apropiado abolengo nacional. Quizá a la condesa de Murillo le tembló la mano y no quiso remontarse a las cuevas de Atapuerca para buscar el nacimiento de la nación. La Hispania romana le pareció suficiente. Esta genealogía delineada por Aguirre tal vez precise de una aclaración, aunque solo sea por el hecho, quizá nimio para ella pero embarazoso para la política exterior, de que el actual Portugal estaba incluido en la demarcación provincial romana. Lo que prueba que la historia nacional solo es historia nacionalizada a posteriori.

Decía Ernest Renan que el olvido y el error históricos son imprescindibles para la formación de una nación. Desde que en los años ochenta historiadores como Eric Hobsbawm, o antropólogos como Benedict Anderson, demostraran que la nación es un producto histórico y no un hecho natural, tales olvidos y errores se hacen más necesarios que antes para el nacionalismo. La nación no es una esencia eterna. Es, como señala Anderson, una comunidad imaginada que, a través de imágenes, mapas o historias se piensa como tal. Es un artefacto cultural que requiere de unos conceptos impensables antes de las revoluciones americana y francesa de 1776 y 1789 respectivamente. Que la palabra nación apareciese antes de tales procesos históricos no implica que tuviese el significado que desde 1789 iba a adquirir. Ningún rasgo es un pilar del sentimiento nacional hasta que no hay un discurso nacionalista que lo significa como tal.

Es frecuente considerar que una nación precede al estado y al nacionalismo, cuando, como reconoció incluso el autoritario general Pilsudski, principal artífice de la reunificación de Polonia en 1918, es más bien al revés. De hecho, tras la unificación italiana de 1870, el nacionalismo italiano pensaba que la principal tarea del nuevo estado italiano era la de fabricar italianos. Para ello, como demostró Eugen Weber en su historia de cómo se transformó a los campesinos de Francia en ciudadanos franceses, se necesitaron unos medios de socialización imposibles de alcanzar antes de la configuración de los estados contemporáneos a lo largo del siglo XIX. Es un anacronismo pensar que una campesina del siglo XVIII tenía el mismo sentimiento de identidad que una ciudadana del siglo XXI. Atribuir sentimientos y motivaciones actuales a las gentes que vivieron tres siglos antes es una operación ideológica que, por burda que sea, precisa de un comentario.

Los orígenes de los grandes estados-nación europeos son como los del capitalismo, violentos y sangrientos. Nada de lo que vanagloriarse. A pesar de las bochornosas ceremonias olímpicas de Londres, no hay gloria alguna en la industrialización británica. Al contrario, es una historia llena de violencia de clase, expropiación del campesinado y explotación. Es bien sabido que lo único que diferencia a una lengua de un dialecto es el tamaño del ejército de cada uno. La historia de los estados-nación da buena cuenta de ello. Y, como nos recordaron las palabras del presidente de la AME, esto no parece haber cambiado en exceso gracias al artículo 8 de la Constitución de 1978, vista por el bipartidismo como el corolario final e insuperable de un viaje iniciado por los “españoles” en 1812.

Un proceso que, lejos de ser teleológico y necesario como le gustaría al Partido Popular, fue bronco, conflictivo y con alternativas olvidadas por la sencilla razón de que unos tuvieron más fuerza, dinero y metal que los otros. Espeluzna ver a tertulianos encolerizados hablar del “adoctrinamiento nacionalista” catalán y no del suyo propio. Como si su sentimiento nacional fuese algo natural, una posición neutra de principio, y no el producto del nacionalismo.

No menos temor provocaron las palabras de Núñez Feijóo en su campaña electoral. Decir que alguien es español aunque no lo admita, es considerar a la nación como una esencia por encima del tiempo y de la gente. Las lecciones de “historia verdadera” (sic) de Aguirre no aguantan el más mínimo escrutinio intelectual. Provocarían una risa desencajada si su intención no fuese la que es. Su irritada indignación es la de una nacionalista convencida de que ella pasará, pero la nación quedará. Y, como tal, olvida que el pasado no es uno, sino muchos y diferentes. Que en esos pasados, que el nacionalismo desea reducir a uno que conduce necesariamente a un presente concreto, a un orden social determinado, lo único común a todos ellos es un proceso múltiple que los agrupa y dota de sentido: el desarrollo conflictivo del capitalismo.

La lente nacionalista ha sido la más afín al poder. En la mayor parte de los casos fueron las burguesías industriales o los estados ya consolidados los que tejieron la idea nacional en torno a la cual todos, sin excepción de clase, lugar o género, debían congregarse. Solo una historia se decía posible, la de la nación que representaban las elites del momento. Y, detrás de ellas, las demás clases en orden y concierto. Como si una providencial necesidad fuese destruyendo toda alternativa o residuo no asimilado.

Capitalismo y nación fueron de la mano en el siglo XIX y así entraron en el siglo XX. La Gran Guerra hubiese sido imposible sin este artefacto cultural. Es lo que en la Francia de 1914 se llamó la “unión sagrada”, que obligaba a poner “intereses partidistas” a un lado en pos de un consenso nacional que ganase una guerra entre elites imperiales. La competencia entre las industrias europeas por los mercados mundiales se trató de resolver en las trincheras del continente. En su mayor parte, los muertos los pusieron las clases populares. Y el nacionalismo patrocinado por los estados-nación lo hizo posible. Agitar la bandera y el llamado “interés nacional” no puede ser inocente después de la pasada centuria. La violenta historia del capitalismo no lo permite.

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