La sombra de la estelada

esteladaTengo muchos amigos catalanes. Siempre, desde que tenía siete años, he admirado la ciudad de Barcelona y más a su emblemático club deportivo. Llevo siete años viviendo en L’Hospitalet de Llobregat y, después de casi un tercio de mi vida habitando estos lares, también me siento en parte catalán. Por supuesto, entre otras muchas prácticas autóctonas, ya he almorzado con pa amb tomaquet, he aprendido el idioma de esta tierra, he visitado todas sus provincias, he cantado els segadors y he portado una senyera.
No sé cuántas cosas más hacen falta para formar parte de una idiosincracia, pero quizás ya he dado pasos suficientes para, al menos, ser primo lejano. Como a la mayoría de los catalanes, siento como propio el debate iniciado sobre el futuro institucional de Catalunya. En cierto sentido, también es una disyuntiva que emerge desde mi intimidad. Probablemente, muchos de mis amigos y vecinos compartan la necesidad de posicionarse, desde, tal vez, sus impulsos más ‘sentidos’. Desde luego, parece que ‘pertenecer’ a una bandera es un asunto que va más allá de la política institucional, entra en el ámbito de la política de lo íntimo, del quién soy, de dónde vengo y a dónde voy.
Desde mi adolescencia, he venido admirando el recurrente orgullo con el que se suele enarbolar el valor de la diferencia en este país, sobre todo en su capital, Barcelona, habitualmente con escasos prejuicios hacia la vanguardia. Siempre me ha atraído la capacidad que tienen en esta tierra para crear, recrear y promocionar su ‘desdibujada’ identidad. Catalunya me inspira a pensar en una España habitada y sostenida precisamente sobre la diferencia y, como no, sobre el respeto, la libertad, la justicia y la igualdad. Me pone feliz la idea de otra España, donde cada uno de sus pueblos pueda sentir el orgullo de ser diferente y, a la vez, de compartir gran parte de sus rasgos con los vecinos más cercanos. Por supuesto, me gustaría una España con Catalunya, y no trazar más fronteras en Europa. Sin embargo, entiendo a quien pueda sentir la necesidad o la ilusión de instalar la estelada en el Parlamento Europeo o las Naciones Unidas, a pesar de que estas instituciones se estén presumiendo insuficientes hoy en día. También a mí me emocionaría ver elevar la bandera canaria (especialmente la de las siete estrellas) sobre un asta internacional. Pero, a pesar de mis aspiraciones identitarias más emotivas, creo que las banderas nacionales no hacen justicia, ni necesariamente igualdad y, ni mucho menos, libertad.
Muestra de ello ha sido la moribunda legislatura que ha dirigido CiU en este país. Un partido que llegó al Palau de la Generalitat con el lema de ser “la luz al final del túnel” de una crísis económica que no acababa sino de comenzar, durante estos dos años no ha evitado dejar las arcas públicas sin liquidez, que suba el paro aceleradamente, que sus centros educativos y hospitalarios públicos se deterioren sin remedio, y tampoco que las ya exageradas diferencias entre los más ricos y el resto de las personas aumenten cada vez más. También ha sido pionero en el fomento del control policial más castrense, no ha dudado en aporrear las cabezas de los jóvenes y no tan jóvenes cuando han dicho NO, ha dejado indefensa a miles de familias ante esta enfermiza escalada de desahucios ejecutados por parte de bancos y cajas de ahorro sospechosas y en ruinas, se ha mostrado ineficiente en evitar que crezca como nunca la pobreza, etc.
Aún así, cual chivo expiatorio más rastrero, el señor Artur Mas y sus allegados han culpado de su sistémico fracaso, en un principio, a los adversarios políticos y, ahora, a sus vecinos, especialmente a los del sur. El soberanismo que trata de abanderar CiU no es más que una cutre y vil cortina de humo mediática que busca hablar de banderas y no de desigualdad, de injusticias o, simplemente, del deterioro económico e institucional al que han conducido a Catalunya sus políticos de primera fila. Se avecinan unas elecciones meticulosamente avanzadas y parece que, más que nunca, solo la senyera y la estelada serán sus protagonistas. ¡Qué lástima!
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6 Respuestas a “La sombra de la estelada

  1. Me duele tanto ver que se mencione a Catalunya como un país… Soy catalana pero mi padre es de Burgos, por lo tanto, me siento española y catalana sin duda. Considero que Catalunya desde sus principios siempre a sido española (en la historia me baso) y ahora por cuatro revolucionarios + las personas que hacen bulto, van a crear una revolución que terminara con HERMANOS enfrentados. Si, Catalunya a sufrido discriminaciones por monarquías que no nos favorecían y dictaduras, pero… ¿No podemos olvidar el rencor y pensar en el hoy? Hoy día en nuestras escuelas se habla y enseña en catalán, es una lengua impuesta en muchos aspectos (y no me parece mal), tenemos todos (o casi todos) los derechos en tema de lengua, tradiciones y cultura catalana. Los tiempos han cambiado a mejor para Catalunya (siempre se pueden mejorar leyes).Tengo amistades que son de pensamiento nacionalista y al preguntarles el ¿Por qué? de su ideología me responden con un: -Si fuésemos independientes Catalunya tendría más dinero… Dinero… Dinero… Dinero… ¡DINERO es lo que mueve el independentismo! El dinero lo mueve todo, si, tanto como hacer olvidarnos de nuestras raíces. Opino que tanto pensamiento inútil (para mi pesar) podría desvanecerse con un sistema político parecido al de Alemania, en el cual Catalunya estaría económicamente mucho más estable. Pero supongo que es más fácil pedir algo que nos llevaría al abismo a exigir a los políticos una mejora del sistema financiero de cada COMUNIDAD AUTÓNOMA de ESPAÑA.

  2. He querido centrarme en el tema del independentismo puesto que es algo que me saca de mis casillas, podría redactar muchas mas discrepancias que tengo sobre la división de Catalunya y España, pero seguramente no conseguiría nada.Cristina Calvo Campillo

  3. Pienso que la cuestión de la independencia tal como se está plantenado en este momento es, en efecto, una cortina de humo. Es una lástimas que ciertas tendencias políticas quieran, por un lado, capitalizar el sentimiento de un sector importante de Catalunya y por otro utilizar ese capital para encubrir que no se ha resuelto todo esto que dices. (Ah, y una sugerencia: deberías atender a tus seguidores. No veo que respondas a los comentarios).

  4. Creo que España ha sufrido, como otros muchos Estados de Europa y del mundo, la tiranía y el fascismo. El dominio de las élites económicas hoy en día se sigue mostrando inquebrantable. El fascismo, en el resto de Europa, perdió, pero en España no, aquí ganó y luego cambió de aspecto. Como todos bien sabemos, el fascismo detesta la diferencia y en nuestro país seguimos arrastrando esa cruz. Por eso, entiendo el descontento de muchos, que cada día se extiende más, hacia los símbolos "nacionales" heredados.Creo también, por tanto, que nuestra labor consiste, por ahora, en hacer del Estado español una institución donde quepan las diferencias y justamente estas sean el sustento de sus símbolos. Sin embargo, creo aún más necesario emplear nuestros esfuerzos en hacer de este mundo un lugar justo y ecuánime, el resto ya se verá…

  5. ¡Eres exigente! Pero, probablemente, esta sea una de las cualidades que mejor te ha guiado. ;-)A pesar de la riqueza que conllevó observar cómo cerca de dos millones de personas salieron a la calle el día 11 a expresar libremente lo que sentían, lo que más lamento de los últimos acontecimientos es el despiste generalizado en el que parecen haberse involucrado las élites de la izquierda catalana. No solo han perdido la iniciativa sino que andan perdidas bajo las reglas del juego institucional que se disputan PP y CiU. Solo la calle y la ciudadanía sin partidos tienen, en estos momentos, la avanzadilla de la discrepancia.

  6. Pingback: Feliz 11 de septiembre | elvariscaso·

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