Banderas de nuestros padres (por David Torres)

Acabo de leer una columna de opinión en el diario digital Público. Aborda la reciente noticia sobre la ratificación, por parte del Gobierno, de una multa a un aficionado de un partido internacional que jugaba la selección española de balonmano por ondear la bandera republicana durante el encuentro. Este hecho es considerado por el Ejecutivo como un acto que incita a la violencia, a pesar de que no se registró incidente violento alguno entre los aficionados presentes en el pabellón. Llama la atención que esto sea considerado así hoy en día, tras cuarenta años de dictadura franquista y más de treinta de una democracia que se está presumiendo incompleta, incluso ilegítima desde ciertos puntos de vista. Aún más cuando, en esta treintena hemos presenciado innumerables actos deportivos donde está presente la bandera franquista sin, que sepa yo, haber llevado a cabo sistemáticas amonestaciones. Llama más la atención aún el eterno conflicto identitario que desarrolla día a día nuestro país, y todavía más que sean precisamente desde las poltronas políticas donde más se incendien los epifenómenos cotidianos.

Invito a quien le apetezca leer la irónica y directa columna escrita por David Torres a que especule un poco sobre qué caminos tomarán los futuros conflictos de este tipo… Se puede consultar la página original haciendo click aquí.

elroto-banderas de nuestros padres

Han hecho bien en multar a ese imprudente que iba provocando con una bandera republicana en un partido de balonmano, pudiendo provocar con una bandera del Real Madrid o del Liverpool, que tampoco es que tengan mucho que ver en un encuentro entre España y Argelia, pero que son símbolos reconocidos por los que siempre merece la pena liarse a hostias. Es que hay gente que ve una bandera republicana y le entran ganas de volver a la guerra civil, de entrar en el desván del abuelo y revolver entre las ideas decrépitas hasta desempolvar una escopeta de postas.

Con esta nueva normativa queda más o menos justificado que al primer guiri al que se le ocurra salir por Benidorm con una camiseta de la Union Jack ya puede andar bien atento, no vayan a caerle encima dos guantazos bien dados: qué es eso de andar cachondeándose de lo de Gibraltar en medio de una playa española, no te jode. No te digo nada si la camiseta en cuestión lleva las barras y estrellas, hay algunos que no perdonan todavía lo de la guerra de Cuba y podrían caerle encima un montón de hostias retrospectivas, desde Vietnam hasta Irak pasando por el plan Marshall.

Tal y como lo han explicado en el Congreso, una bandera nunca es un símbolo inocente ni un trapo pintarrajeado, ojo, sino una buena excusa para arremangarse y empezar a repartir estopa. Es lógico que piense de ese modo una manada de patriotas cuyo exhibicionismo llegó al extremo de plantar una bandera española del tamaño de un campo de tenis en mitad de la plaza de Colón, no fuesen los transeúntes a equivocarse y pensar de repente que estaban en Guatemala. Es la misma psicología que esos chulos de discoteca que se incrustan un pepino en la bragueta, para que se distinga de lejos que ellos son muy machos. Hace poco esa enseña gigantesca (cualquier día sopla una ventisca y sale volando la plaza) cayó desgarrada al suelo y muchos vivieron el desplome textil como una metáfora de la patria que se está yendo a hacer puñetas, metáfora coetánea de ese último planchazo real en que todavía no está claro si Juan Carlos estaba bailando break con la nariz o había inaugurado ya las vacaciones y no le trajeron a tiempo la piscina.

Pero es verdad, hay que reconocer que algunas banderas ponen nerviosa a la peña, a mí me pasa con la esvástica y con el águila franquista que, no sé por qué, me trae a la memoria el aroma churruscado del Kentucky Fried Chicken. Ha pasado mucho tiempo pero todavía queda gente a la que la tricolor republicana le recuerda un gobierno legítimo y de inmediato, por puro instinto patriótico, echan mano a la cartuchera.

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