El himno de la discordia

Ayer, la presidenta de la Comunidad de Madrid declaró que en el caso de que en la final de Copa del Rey las aficiones del Athletic de Bilbao y del Barcelona pitaran tanto el himno, como al príncipe, el partido debiera ser suspendido y reanudado a puerta cerrada. Parece ser, según leí en la prensa, que en España no hay precedente de ningún otro cargo público que haya propuesto jamás una medida similar ante la posibilidad de manifestaciones políticas en un campo de fútbol, ni siquiera durante la dictadura franquista, aunque en aquel entonces los gerifaltes territoriales se las solían gastar de otras maneras… Esperanza Aguirre trató de argumentar que silbar el himno e insultar al representante monárquico constituía un delito y que si los equipos no se sentían cómodos jugando la “Copa de España”, mejor que no la disputaran. Para sustentar su propuesta censora, apeló al presumible independentismo y “separatismo” que suele expresar parte de ambas aficiones y las propuestas que han surgido esta semana para reivindicar durante el partido la oficialidad de las selecciones deportivas vasca, catalana y gallega. Según Espe, en un “país serio” no se le “falta al respeto” ni al himno ni al Jefe del Estado (o en este caso su representante). Pero también, en un país serio, como le gustaría a una supuesta liberal como ella, la libertad de expresión es un derecho fundamental e inviolable.
Un pequeño detalle, de entre otros, resalta en toda esta historia. Juan Carlos I, quien es el abanderado de este torneo, parece que no se asomará por el palco, sintoma claro del deterioro de su imagen en los últimos meses. Esto es llamativo, aunque los medios con más audiencia de España no se hagan mucho eco del detalle, porque es muy significativo que la presencia del Rey en un acto que lleva su nombre, dentro de su reino, sea fuente de discordia y se oculte para preservar una figura cada vez menos impoluta. Su reciente cacería, insultantemente fuera de lugar, la cada vez más evidente inutilidad de su cargo para mantener “la unidad de España” y, sobre todo, el profundo desapego que comienza a denotarse por parte de la castigada juventud española, crecida en libertad, igualdad e ilusión, pero fustigada ahora por la injusta y desigual realidad que les brinda el Estado Español en estos tiempos. Tal vez sea hora de preguntar de una vez por todas si queremos que este señor y su descendencia monopolicen un cargo que ha de representar a toda una ciudadanía pero que, en cambio, fue propuesto por un dictador.
Bajo mi juicio y mi sentido común, aprendidos durante 27 años de vida en este país, en la Europa del siglo XXI, después de tantas historias escuchadas con atención sobre igualitarismo, progreso y fraternidad, es fácil asumir que no deberían existir personas que son jefes de Estado por derecho de linaje, como ya he repetido en otras entradas anteriores de este blog. A los culés, mediocatalanes y canarios completos, como yo, nos gustaría ganar la Copa tantas veces la dispute nuestro equipo, pero también que esta no fuera de  ningún rey. También me gustaría que nuestro himno y nuestra bandera actuales, en sus versiones originales, no hubiesen sido impuestos por el dictador Franco tras un Golpe de Estado y una guerra innecesaria. Hay (al menos) mil y una razones para pitar y gritar aún hoy con más fuerza unos símbolos cada vez más pasados de moda y que no representan más que autoritarismo y desigualdad. Lo irresponsable sería no hacerlo.
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